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LOS
ROSTROS DEL ESCEPTICISMO EN LA POST-MODERNIDAD COMO PROBLEMÁTICA DE LA
FILOSOFÍA DE LA RELIGIÓN: EL CASO DE LLUÍS DUCH Y SU ESTUDIO DE LOS FENÓMENOS
RELIGIOSOS.
Por Amauri Francisco Gutiérrez Coto
(Ciudad de La Habana, 1974)
Lic.
en Letras por la Universidad de la Habana
MS. en
Comunicación Social por la Universidad Iberoamericana, México
Postgrado
Internacional para Profesionales del Español AECI-Madrid
Miembro
de la Asociación Hermanos Saíz![]()
Las raíces de los cambios en la espiritualidad del hombre postmoderno
las podemos hallar en los cambios producidos por la tecnología y en la nueva
estructura de las ciudades. En primer lugar el hombre de hoy se enfrenta a un
mundo donde las relaciones interpersonales se transforman, las familias
desintegradas predominan y el hombre que vive solo tiende a aumentar. La
respuesta frente a todo esto es la cultura de la virtualidad real: la
integración de la comunicación electrónica (un mismo equipo puede realizar
diversos tipos de comunicación), el fin de la audiencia masiva (el individuo ya
no tiene que ver lo que le ponen en los mass media sino
que tiene una posibilidad mayor de elegir), la vida urbana pierde los espacios
públicos (cada vez los lugares públicos que tradicionalmente eran usados para
las relaciones interpersonales desaparecen)[1]
y la emergencia de las redes interactivas (el hombre
necesita cada vez más un producto comunicativo que le permita elegir, de ahí la
necesidad de redes interactivas). Si el espacio
público se modificó por la tecnología interactiva o
esta por el espacio público eso no lo sabemos con certeza, lo que sí es innegable
es que entre ambos procesos hay una íntima relación y ello afecta de una manera
definitiva el consumo cultural y los tipos de redes de relaciones de la
sociedad postmoderna.[2]
Por estas razones no debe extrañarnos que prendan con mucho éxito
corrientes religiosas como la Nueva Era que le permite al hombre acomodar sus
creencias religiosas a su conveniencia personal porque carece de un cuerpo
doctrinal y se basa en el principio de la elección, es decir se parece mucho a
ese producto cultural que busca el hombre de hoy que responda las exigencias de
des-masificación (estamos frente a una creencia religiosa que no es masiva
porque cada individuo escoge su forma concreta de religiosidad) y de
interactividad (la Nueva Era ofrece un coctel de
religiones donde cada quien escoge lo que le conviene, funciona parecido a una
página web).
La New Age trata de ser una
respuesta integradora a la óptica fragmentaria del racionalismo. Es una
reacción antirracionalista, que no constituye un
movimiento estructurado ni una ideología, ni tampoco una iglesia o una
religión, y mucho menos una secta, sino una dispersa onda espiritualista que se
ha dado en llamar Conspiración de Acuario.
El mundo está entrando en una nueva era superadora de
la era cristiana o de Piscis (Ikhthys en
griego significa ‘pez’, que es el antiguo símbolo de los cristianos, y, al
mismo tiempo es la sigla de la expresión Jesucristo, de Dios hijo Salvador).
Esta nueva espiritualidad no pasa por las confesiones religiosas que
hasta hoy conocemos como tales, sino que descarta cualquier mediación
institucional, colocando, en primer lugar, la relación personal con el misterio
de lo sagrado.[3]
En la Filosofía de la religión de Josef Schimitz[4]
señala tres dimensiones de la religión: la corpórea, la social e institucional
y la histórica. De estas tres tomemos, por ejemplo, la segunda para ver cómo es
abordado este aspecto por Lluís Duch. La tradición
apostólica que reconocemos los cristianos como fuente de la revelación divina
no puede ser reducida pura dimensión institucional o “tradición como clave
hermenéutica”[5]. Ni
institución y tradición ni historia y tradición no son equivalentes. Hay en la
tradición una dimensión trascendente.
En la liturgia, por ejemplo, no faltado quien considere que el pan sin levadura y el vino pertenecen a la cultura judía y no a la cultura concreta donde se evangeliza, de acuerdo con este criterio en Cuba deberíamos consagrar casabe y aguardiente. Los que esgrimen este argumento se apoyan en la inculturación como instrumento pastoral pero ese argumento implica desconocer el discernimiento intercultural que hicieron los apóstoles. El hecho de que se hayan eliminado prácticas comunes a la cultura judía como la circuncisión muestra que sí hubo un discernimiento cultural por parte de los apóstoles entonces ¿por qué no se eliminó también el uso del pan sin levadura y del vino?¿cuál sería su criterio de discernimiento? De estas respuestas no tenemos una certeza absoluta pero lo que si no podemos poner en duda es que se plantearon la problemática de discernir de la cultura judía lo que pasaría a la cristiana y que algún criterio debieron tener para eliminar unas cosas y otras no. La circuncisión era una carga para los gentiles y el pan sin levadura no pero por qué no preferirlo con levadura.
Esta manera de presentar la tradición como clave hermenéutica la reduce
a una dimensión social e institucional y la despoja de sus nexos con la
revelación. Este es uno de los errores más comunes de Lluís
Duch reducir la religión a una dimensión que no es la que necesita para responder
la interrogante que se plantea. Detrás de este error está presente la huella de
la filosofía moderna y de sus crisis. La modernidad lleva adelante un aparato
conceptual que es muy similar al que usan las ciencias sociales con una
finalidad operativa, de él se ha dicho que:
“...limita [el campo de lo real] al ámbito
de lo perceptible por los sentidos o de lo que actúa con efectos mesurables en
ese mismo campo.”[6]
Entonces es muy comprensible que se entienda la tradición como pura “clave hermenéutica” porque eso es lo que aparece visible a los ojos de todos, su dimensión revelada solo puede ser comprendida por los ojos de la fe. Es reducir la realidad de la tradición a su dimensión social e institucional que son las observables objetivamente (perceptibles o mesurables), es restringir su realidad revelada.
El hallazgo de las posibilidades de un producto comunicativo exento de la tiranía que proponen los productos de los medios masivos tradicionales en los cuales no se le permite al consumidor escoger, ha venido acompañado de el gran descubrimiento hermenéutico de la post-modernidad: los discursos se definen por su lógica interna y lo que prevalece como “supuesta verdad” no es la “verdad real” de la filosofía tomista sino la verdad que más lógica interna tenga y que más logre arraigarse en las sociedades concretas. Luego entonces el discurso vendría a ser una especie de “verdad de hecho”. Las reflexiones post-modernas sobre el discurso por tanto no se interesan por la veracidad sino por la efectividad, por el arraigo o por la lógica interna de él.
Ya nadie se pregunta si algo es verdad perenne, sino de qué manera y por qué razones tal o cual discurso se arraigó en una sociedad concreta. Las explicaciones al tipo de preguntas que sobre el discurso se hace la post-modernidad casi siempre se hallan en la cultura y en la historia. No debe extrañarnos entonces en que de ahí se desprenda otro de los pretendidos hallazgos de la post-modernidad: todo es relativo a la historia y a la cultura, es decir, no podemos hallar verdades que trasciendan la cultura y la historia en la que están inmersas, lo cual como sabemos por la extensa reflexión filosófica del realismo es falso. Por ejemplo, si se hace un estudio del nazismo alemán, lo que un historiador postmoderno se pregunta, es por qué esta ideología tuvo éxito entre el pueblo alemán. No se trata de afirmar que este tipo de estudio carezca de valor y no tenga implicaciones científicas. El problema surge cuando se asume una postura epistemológica que no acepta la posibilidad de alcanzar la verdad. Los errores subsiguientes a esta postura ya los conocemos muy bien, no hay más mirar la historia de la filosofía moderna.
Este es el argumento que explica el uso de un texto como el que
comentamos aquí en este curso que aparentemente, si nos dejamos llevar por el
título, no tiene nada que ver con la reflexión filosófica. Lluís
Duch nos muestra el rostro actual del escepticismo en la post-modernidad. No
hay ninguna postura filosófica original en este tipo de reflexión, los
argumentos tampoco lo son. Basta con echarle una breve ojeada a la filosofía de
la modernidad. Lo original en este rostro del escepticismo es la apropiación
errónea que hace de las investigaciones de las ciencias sociales y humanísticas
para argumentar con una nueva terminología una falsedad vieja.
El autor quizás no tenga conciencia de que incurre en este error pero
ignora la reflexión filosófica de raíz tomista sobre el realismo como actitud
epistemológica[7] y su compresión
de la historia contemporánea de las indagaciones de las ciencias sociales es
incompleta. De ahí se desprenden todos sus errores.
No debe extrañarnos, luego de ver cómo quedan paradas las ciencias sociales, que pensadores católicos como Ratzinger miren con cierto recelo a estas disciplinas:
“Hoy se contrapone de buen grado la
relatividad de las culturas a la pretensión universal de lo cristiano, que se funda en la
universalidad de la verdad.”[8]
Más adelante añade una cita de C. S. Lewis
donde parece que hace referencia a las rutas que sigue la investigación
histórica actual:
“...la única cuestión que con seguridad nunca se planteará es
la relativa a la verdad de lo leído; en su lugar se pregunta acerca de las repercusiones y
dependencias, del desarrollo del
respectivo escritor, de la historia de
su influjos, y otras cuestiones análogas...”[9]
La causa de este nuevo escepticismo que propone la post-modernidad no es la postura metodológica ni epistemológica de las ciencias sociales en la actualidad. La causa la podemos hallar en las interpretaciones distorsionadas que se hacen de las conclusiones de sus investigaciones. No es posible hacer teología si se tiene como fundamento un estudio de campo cuyos objetivos distan mucho de ser base de la reflexión teológica y si además se ignoran las verdades de la fe el discurso resultante es absurdo.
Así es como se presenta la reflexión el texto de Lluís
Duch. ¿Cómo es posible responder a la pregunta “las religiones son caminos de
salvación o proyectos de salvación” tomando como punto de partida
investigaciones hechas en función de un trabajo de campo? Una investigación de
campo no tiene casi nunca pretensiones teóricas ambiciosas, más bien busca dar
solución a un problema concreto. Es, por ejemplo, muy normal que el
investigador diga voy a entender como cultura tal o cual parámetro que puedo
observar o medir y que de desechen los otros no porque no se presenten en la
realidad sino porque no son susceptibles de estudiar. No debe extrañarnos
entonces que las definiciones de los aparatos conceptuales de estas
investigaciones de campo tengan un valor operativo para la investigación
concreta enorme pero un valor teórico escaso. De ahí el absurdo del que
hablábamos. Por ejemplo, el hecho que un grupo humana como los cristianos se
institucionalice no implica necesariamente que la fe se institucionalice, ni
mucho se puede hacer teología a partir de eso.
Los aparatos conceptuales de valor operativo no son los únicos que
aparecen en las ciencias sociales, es posible encontrar conclusiones teóricas
de valor que aportan a la verdad. Por ejemplo, cuando los catequistas van a
explicar la necesidad del carácter público del matrimonio a personas no cristianas
casi siempre se hace uso de argumentos que nos aporta aquello que se conoce
como “antropología estructural”. El padre de esta corriente Levi-Strauss se percató de que en todas las sociedades humanas
conocidas era posible hallar ciertas regularidades, ciertos rasgos presentes
siempre en varias culturas muy diferenciadas entre sí. Algunas de ellos no tan
presentes pero este tipo de reflexión tiene un gran valor porque se pregunta
por los rasgos perennes de las sociedad lo que trasciende lo contingente. El
carácter público del matrimonio es algo que es reconocido en todas las
sociedades. No obstante con esto no queremos decir que estamos frente a una
verdad porque esta no se alcanza por un consenso, lo que sí queremos decir es
que en ciencias sociales hay algo en lo que se puede estar de acuerdo por datos
aportados por la realidad.
Lluís Duch toma partido por los aparatos conceptuales de utilidad operativa
y critica aquellos que comparte una aspiración de conocimiento similar a la de Levi-Strauss, por esto no debemos
extrañarnos de que llegue a conclusiones falsas en su reflexión[10].
Su error de base al dialogar con las ciencias sociales contemporáneas es tomar
los aparatos conceptuales que buscan resolver cuestiones operativas de un
trabajo de campo como teoría. Este error es muy común dentro de la
investigación social que ahora afecta a la reflexión teológica porque, sin
dudas, la interrogante que el autor se plantea pertenece al terreno de la
teología y no al trabajo de campo.
a.- Tesis fundamentales planteadas por el autor.
No reconocer a Cristo como la plenitud de la revelación de Dios y como
el Hijo de Dios sería sin dudas considerado una herejía. Si todas las
religiones tienen el mismo grado de plenitud en su proyecto de salvación
entonces o Cristo no es único el Hijo de Dios pues hay otros hijos de Dios que
serían los fundadores de las demás religiones o Cristo no es más que un
profeta, fundador de una religión como lo pueden ser los otros. El problema
planteado así desconoce el lugar de Cristo como plenitud de la revelación de
Dios, como único Mesías y como único Hijo de Dios. Esto implica que las
verdades perennes del cristianismo no pueden exigir la ser absolutas porque
entonces el cristianismo sería una religión más entre todas y no la religión.
Dicho así en un contexto de diálogo interreligioso puede sonar horrible pero si
no se reconoce esta verdad entonces se cae en un grave error. El autor nos dice
que una religión:
“...por ser una concreción histórica, sometida al
paso envejecedor del tiempo, no puede reclamar ningún
tipo de exigencia de absolutidad...”[11]
El postulado esencial de la fe Bahai es que
Dios nos manda proyectos de salvación de acuerdo con las necesidades de los
tiempos. Cuando cambian las condiciones Dios nos manda otro proyecto y así
caduca el anterior porque fue la respuesta a una problemática sociocultural
concreta que ha desaparecido. Esta formulación doctrinal es muy parecida a
entender la religión como una “concreción histórica” y considerar su “paso envejecedor” que lleva al autor a considerar que ninguna
religión puede exigir absolutidad para sus verdades perennes y eso incluye a la
cristiana.
Hasta aquí entendemos muy claramente como la cultura y la historia le
sirven como argumento a los que sostienen posturas muy similares a las de la
Nueva Era y la fe Bahai. Por ello, no debe
extrañarnos la manera como Lluís Duch define la
religión:
“...una religión en concreto es una dependencia
cultural respecto a la divinidad, tal como esta sea interpretada por la clase
sacerdotal.”[12]
La respuesta a la pregunta ¿las religiones son
caminos o proyectos de salvación requiere algunas precisiones?. Por camino de
salvación entiende “el único y exclusivo camino para conseguir la salvación”[13],
lo cual como proclama el Concilio Vaticano II no es cierto porque existe la
salvación fuera de la Iglesia Católica. El error más grave esta en la forma de
entender proyecto de salvación:
“Un proyecto tiene un carácter provisional por las
circunstancias igualmente provisionales que lo hacen posible.”[14]
Si las rutas que traza Dios al hombre para su
salvación “envejecen” y tienen “carácter provisional” y no son definitivas
entonces todo lo que hemos dicho en el primer párrafo de este acápite es
cierto. El autor solo propone dos opciones: o los hombres no se salvan sino
militan activamente en la religión concreta o las formas de salvarse cambian
con los tiempos y parece ser que ese cambio es muy profundo porque estas formas
envejecen y son provisionales. Luego entonces Cristo es el camino hasta que
llegó Mahoma con un proyecto más adecuado a la realidad del momento[15].
El proyecto de salvación de Cristo es válido mientras se adecue con la
realidad.
El fragmento que valoramos se divide en tres partes una donde
reflexiona sobre la cultura, otra donde se detiene en los nexos de esta con la
religión y otra donde trata de resolver la cuestión de si las religiones son
caminos o proyectos de salvación. La primera de estas partes se centra en
rastrear las teorías sobre la cultura para legar a las siguientes conclusiones:
·
Tiene un
carácter personal y personalizador (“el ámbito de
la cultura comprende la esfera de lo que es personal”[16]).
·
“Cada
cultura en concreto es un modo genuino de participación en la vida y de
comunicación interpersonal, de acuerdo con las posibilidades de todo tipo que
ofrece un ámbito espacio-temporal concreto.”[17]
·
“La cultura
es algo adquirido.”[18]
·
“...es
posible encontrar en las culturas, a pesar de la diversidad de los espacios y
de los tiempos, algo que es común a todas ellas, y que, en realidad, es lo que
las hermana, sin dejar de poner relieve en sus rasgos específicos.”[19]
La segunda parte que se ocupa de las relaciones entre la religión y la
cultura, en su acápite Dimensión histórica de la religión y de la cultura”,
presenta los siguientes postulados fundamentales:
·
“La religión
es la substancia de la cultura y la cultura es la forma de la religión”[20]
· “...el principio religioso existe solo en unión con las funciones culturales extrareligiosas.”[21]
· Existe un antagonismo entre regulación dogmática y libertad.[22]
· Es preciso relacionar la religión con “su circunstancia histórica”.[23]
En el acápite que sigue en la segunda parte titulado La tradición
como clave hermenéutica hace referencia al problema que ya comentamos al
referirnos a las confusiones entre las dimensiones del fenómeno religioso que
se aprecian en Lluís Duch.
En el acápite que sigue en la segunda parte titulado Estructura-Historia
contradice la posibilidad de hallar regularidades que había enunciado cuando
hizo un compendio de las teorías sobre la cultura. Según este autor es
imposible descubrir una estructura regular común a diferentes culturas porque
esta postura no se puede explicar en términos de evolucionistas y difusionistas, se apoya en los criterios de Boas sobre la
obra antropológica de Levi-Strauss
sobre esto hablamos al referirnos al diálogo eclesial con las ciencias sociales
en la actualidad. Esta problemática plantea la cuestión del diálogo intercultural
que es uno de los temas que ahora se debaten a la luz de la globalización
porque trata de la tensión entre estructura de la cultura y culturas diversas
en un mundo donde la comunicación alcanza un protagonismo cada vez mayor.
En el último acápite de la segunda parte titulado Religión-religiones
se refiere a la cuestión de la exigencia de absolutidad que hacen las grandes
religiones y en la tercera parte encontramos dos acápites (el que trata sobre
los caminos de salvación y el que trata sobre los proyectos que se valoraron)
cuando expusimos las tesis fundamentales planteadas por el autor.
Como hemos podido exponer Lluís Duch
incorpora a través de un discurso académico doctrinas muy similares a las de la
Nueva Era y la fe Bahai y el resultado de este
intento es una postura filosófica escéptica que niega algunas de las verdades
de la fe que compartimos. Este texto tiene una gra
utilidad didáctica porque nos permite reconstruir fácilmente el itinerario
reflexivo del hombre postmoderno. Sirve como ejemplo elocuente para explicar
cuál es la lógica del pensamiento postmoderno, en mi opinión es un lectura útil
que invita a la repensar nuestro diálogo académico con la comunidad ilustrada
postmoderna. Es un intento de hablar el mismo lenguaje del mundo de hoy pero
que lamentablemente cayó en el error de dejarse arrastrar por él. Es, sin
dudas, una lectura que provoca.
·
Diccionario de filosofía en CD-ROM. Jordi Cortés Morató
y Antoni Martínez Riu.
Empresa Editorial Herder S.A., Barcelona. 1996.
[1] Algunos
investigadores urbanos han examinado este des-doblamiento de las ciudades a
propósito de los efectos de las tecnologías de información sobre las
transformaciones del espacio. Tomado de Culturas urbanas de fin de siglo: la
mirada antropológica Néstor García Canclini (Es
antropólogo y director del programa de Estudios en Cultura Urbana de la Universidad
Autónoma Metropolitana (Ap. Postal 55-536, C.P. 09340, México DF). Publicó veinte libros sobre
estudios culturales, globalización e imaginario urbano. Fue profesor en las
universidades de Stanford, Austin,
Barcelona, Buenos Aires y Sao Paulo. Su libro Hybrid Cultures (1995) obtuvo el premio
Iberoamericano Book Award
de la Latin American Association como mejor libro sobre América Latina)
[3] Véase The Acuarian Conspiracy Marilyn Ferguson, Hall Books Publishers,
1995.
[4] Tomado de Filosofía de la
religión Josef Schmitz
(Editorial Herder, Barcelona, 1987.pp.132s.
[5] Tomado de Religión y mundo
moderno. Introducción al estudio de los fenómenos religiosos Lluís Duch, PPC, Madrid, 1995.p. 133s.
[6] Tomado de Filosofía de la
religión Josef Schmitz
(Editorial Herder, Barcelona, 1987.p.170.
[7] Al parecer por la recurrencia de
olvidos como este en pensadores católicos se explica que S.S. Juan Pablo II
recomendara en su Encíclica Fides et Ratio
un regreso reflexivo a la obra de Santo Tomás de Aquino.
[8] Tomado de la Conferencia del Cardenal Ratzinger pronunciada el 16 de febrero del 2000 en Madrid,
España.
[9] Ibidem
[10] Sobre este notable antropólogo
dice Lluís Duch: “Hemos presentado muy
esquemáticamente el concepto de estructura de Lévi-Strauss. Eso no significa que no sean posibles otras
interpretaciones.” Luego entonces lo que dice Lévi-Strauss es tan polisémico como un
poema y admite posibles interpretaciones. Tomado de Religión y mundo
moderno. Introducción al estudio de los fenómenos religiosos Lluís Duch, PPC, Madrid, 1995.p.146.
[11] Idem,
p.175.
[12] Idem,
p.173.
[13] Idem,
p.170.
[14] Idem,
p.175.
[15] “La adecuación de lo
proyectado con la realidad es la conditio sine qua
non para que un proyecto determinado sea una solución a los problemas que se
plantean aquí y ahora en un ámbito geohistórico
concreto.” Ibidem.
[16] Idem,
p.123.
[17] Ibidem.
[18] Ibidem.