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POLÉMICA

LITERARIA

 

(a propósito de El libro perdido de los origenistas de Antonio José Ponte en las

páginas de la revista Vitral)

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 

ÍNDICE.

ÍNDICE. 2

ASIENTOS BIBLIOGRÁFICOS. 3

BREVES DATOS DE LOS AUTORES. 4

SOBRE LA ORIGENOLOGÍA PONTIANA. 6

CONTRA LA FÁBULA DEL PEQUEÑO FUNCIONARIO. DEBATE ANTE UN ARTÍCULO DE AMAURI GUTIÉRREZ COTO. 16

MÁS QUE FÁBULAS, EL PECADO DE LOS FALSOS MITOS. RESPUESTA AL POETA ANTONIO JOSÉ PONTE. 21

UN CASO CURIOSO DE CRIMINOLOGÍA LITERARIA (APOSTILLAS A LA POLÉMICA ENTRE AMAURI GUTIÉRREZ COTO Y ANTONIO JOSÉ PONTE) 32

 


ASIENTOS BIBLIOGRÁFICOS.

1.- Gutiérrez Coto, Amauri Francisco. "Sobre la origenología pontiana". Vitral. Año XII, No. 67, mayo-junio, 2005. pp. 29-32.

2.- Ponte, Antonio José. "Contra la fábula del pequeño funcionario. Debate ante un artículo de Amauri Gutiérrez Coto". Vitral. Año XII, No. 68, julio-agosto, 2005. pp. 20-21.

3.- Gutiérrez Coto, Amauri Francisco. "Más que fábulas, el pecado de los falsos mitos. Respuesta al poeta Antonio José Ponte". Vitral. Año XII, No. 69, septiembre-octubre, 2005.

4.- Cleger, Osvaldo. "Un caso curioso de criminología literaria. (Apostillas a la polémica entre Amauri Gutiérrez Coto y Antonio José Ponte)". Vitral. Año XII, No. 69, septiembre-octubre, 2005.


BREVES DATOS DE LOS AUTORES.

 

Antonio José Ponte (Matanzas, Cuba, 1964) reside en La Habana desde 1980. Ha trabajado como ingeniero hidráulico, guionista de cine y profesor de literatura.

Ha publicado dos libros de cuentos: In the cold ofthe Malecón & other stories (City Lights Books, San Francisco, 2000) y Cuentos de todas partes del Imperio (Editions Deleátur, Angers, 2000). Éste último traducido al ingles como Tales Jrom the Cuban Empire (City Lights Books, San Francisco, 2002).

Ha publicado varios libros de ensayo: Las comidas profundas (Editions Deleátur, Angers, 1997), traducido al francés como Les Nourritures lointaines (Editions Deleátur, Angers, 2000), Ramón Alejandro (Art Tribus, Angers, 1999), Un seguidor de Montaigne mira La Habana/Las comidas profundas (Verbum, Madrid, 2001) y El libro perdido de los origenistas (Aldus, México, 2002).

Ha recogido toda su poesía en Asiento en las ruinas (Letras Cubanas, La Habana, 1997). Es autor de una novela: Contrabando de sombras (Mondadori, Barcelona, 2002).

Amauri Francisco Gutiérrez Coto (Ciudad de La Habana, 1974) reside en La Habana. Licenciado en Letras y MSc. en Comunicación Social. Ha publicado el poemario Diario de un Intruso (Vitral, Pinar del Río, 2002), el ensayo Acerca de lo negro y la africanía en la lengua literaria de Motivos de Son (un nuevo análisis del problema) (Vitral, Pinar del Río, 2002) y la compilación Polémica literaria entre Gastón Baquero y Juan Marinello (Renacimiento, Sevilla, 2005). Tiene en proceso editorial la compilación José Ferrater Mora en Cuba (Unicornio, San Antonio de los Baños). Es miembro de la Asociación Hermanos Saíz. Ha sido seminarista religioso Carmelita Descalzo en el Seminario de San Carlos y San Ambrosio. Actualmente, es profesor del Centro Educativo Español de La Habana.

Osvaldo Cleger (Ciudad de La Habana, 1974) reside actualmente en los Estados Unidos. Es Licenciado en Historia y MSc. en Creación Literaria en la Universidad Estatal de Nuevo México, bajo la dirección del Dr. Jesús Barquet. Recibió mención en el Premio de la Gaceta de Cuba por el poemario Variaciones en el aire en 1995. Ha publicado, junto a Patricia Ramos, Amor y conocimiento en Cintio Vitier (Ed. Abril, La Habana, 2002) que fue Premio Calendario de ensayo. Actualmente, es docente y hace su doctorado sobre literatura cubana en Tucson, Arizona.


SOBRE LA ORIGENOLOGÍA PONTIANA.

 

Por Amauri Francisco Gutiérrez Coto

 

E

l poeta cubano José Antonio Ponte ha reunido en forma de libro una serie de artículos publicados en diversas revistas y momentos acerca del grupo literario Orígenes. El texto que los agrupa, se titula El libro perdido de los origenistas. Recientemente ha aparecido una nueva edición del mismo, publicado hace un par de años por Ed. Aldus de México. Esta última edición de la obra ha sido impresa bajo el sello de la Editorial Renacimiento en Sevilla (1). Muchos de los temas abordados por Ponte merecen un claro elogio, otros no tanto. Nos parece que hay un grupo de factores que este autor no tuvo en cuenta.

El tema de la rehabilitación de los poetas origenistas me parece mucho más complejo de como lo presenta Ponte. Buena parte del silencio que sobre estos escritores cayó durante años, fue debido a que otros temas y modelos recababan la atención de la crítica. La idea de la conspiración para el silencio puede parecernos algo paranoide. La búsqueda por parte de los críticos de los arquetipos legitimados no parece que haya sido por decreto. La rehabilitación más que una iniciativa oficial pareció deberse a exégesis permeadas de un discurso de época, así se pensaba entonces. La primera generación de origenólogos fieles al espíritu lezamiano debió enfrentarse con un gusto más que con una iniciativa oficial. No se trata de culpar al oficialismo de un espíritu de época. El aislamiento lezamiano fue también un autoaislamiento y un resultado del producto de algún funcionarillo que se creyó intérprete de las políticas estéticas.

La intervención de Lezama Lima en el oscuro incidente del caso Padilla refleja la ingenuidad del poeta, ese ingenuo culpable de que nos hablaba Reynaldo González. Desde 1968 a 1976, año en que fallece, Lezama participó en varios sucesos destacados de la vida cultural cubana. Fue incluso invitado oficialmente a hacerlo. No quiere decir esto que su literatura fuera vista como modelo de lo que la república cubana de las letras de la época consideraba como el mejor modelo.

La nota del jurado que, según cuenta posteriormente Manuel Díaz Martínez, redactaron Lezama y él dice lo siguiente:

“...en Fuera del juego se sitúa del lado de la Revolución, se compromete con la Revolución y adopta la actitud que es esencial al poeta y al revolucionario: la del inconforme, la del que aspira a más porque su deseo lo lanza más allá de la realidad vigente.” (2)

Ellos, por tanto, y eso quedó bastante claro habían premiado el libro por su apego al lado de la Revolución, no por su actitud contestataria, si es que la hubo realmente. José Zacarías Tallet, quien también fue miembro del jurado que premió a Padilla, no recibió después de esto ninguna reprimenda por su actitud. Recuérdese que este último poeta era un hombre de izquierda, vinculado al minorismo y profundamente comprometido con la revolución. Quizás el libro paradigmático de este tipo de estudios sea El grupo minorista y su tiempo (3).

La biografía literaria de Lezama entre 1968 y 1976 se puede reconstruir sin ninguna dificultad aunque es muy cierto que esto no ocurrió de la misma forma con otros de los implicados en el caso Padilla. Nos referimos a Antón Arrufat, Manuel Díaz Martínez y el mismo Heberto. Es muy cierto también que, en el caso de los dos últimos, su actividad literaria se vio empañada por una serie de sucesos colaterales al polémico concurso UNEAC de 1968. Este suceso supuso el protagonismo de nuevas figuras a la cabeza de la república cubana de las letras. Se trata de una nueva república encabezada por José Antonio Portuondo y un grupo de poetas pertenecientes a la generación del cincuenta entre los que vale la pena mencionar a Luis Pavón. En resumen, se debe tener cuidado con el mito de atribuirle al caso Padilla la causa de todos los males de lo que pudo ocurrir con el gusto literario de finales de los sesenta y los setenta. Se trata de una postura muy facilista que evita adentrarse en un análisis serio de la crítica literaria y sus modelos durante el período.

Hubo mucho de autoaislamiento en el proceso cultural que se inició en ese año de 1968. Se sucedieron una serie de ediciones extranjeras de la obra lezamiana y dentro esta fue poco conocida. La obra de Eliseo Diego mantuvo el interés del gusto de la nueva república de las letras. Fue el autor creyente del grupo Orígenes que más publicó en el referido período seguido muy de cerca por el matrimonio Vitier-García Marruz.
De 1968 a 1976 se publican dos volúmenes de singular relevancia dentro de la obra lezamiana. Se trata de Poesía completa y La cantidad hechizada de 1970. El número de ediciones fuera de Cuba supera con creces las impresiones cubanas y la causa está en el poco interés que despierta su literatura en un contexto literario embriagado por las hazañas heroicas de la Revolución. Ese mismo año de 1970 también aparece la Recopilación de textos sobre Lezama Lima. Serie Valoración Múltiple bajo el sello de la Casa de las Américas y preparada por Pedro Simón. Este último junto con Armando Álvarez Bravo, quien prologara algunas de sus obras aparecidas en el extranjero y quien tuvo a su cargo la Órbita de Lezama Lima, son quizás los dos origenológos más destacados del período. No obstante, es la época de estudiar el minorismo y la Revista de Avance; no había llegado la hora de Orígenes todavía.

El hecho de que Alfredo Guevara le enviara, tan pronto supo de la enfermedad de Lezama, una ambulancia que llegó junto con su llamada a la esposa del poeta, refiere ese cuidado oficial por la vida del fundador de Orígenes (4). Tanto los esposos Vitier – García Marruz como a Octavio Smith, Cleva Solís, Roberto Friol y Eliseo Diego, a quienes se le podrían llamar los poetas de biblioteca, realizaron una destacada obra de rescate de la literatura decimonónica cubana desde sus respectivas instituciones. La ignorancia hizo que esas investigaciones no fueran valoradas en su momento. Era el instante propicio para la construcción épica de un discurso literario desde la izquierda y lo que no se aviniera con esta necesidad urgente de la nación se fue dejando de lado. Por una cuestión de urgencia de las nuevas circunstancias y de gusto general. El mar de nuevas publicaciones que se debió al boom editorial del proceso revolucionario fue relegando a un segundo plano a aquellos que no eran consumidos como los otros. Las obras de los origenistas quedaron sepultadas en ese mar de publicaciones.
Conviene establecer una cronología de aquellos sucesos que después de la muerte de Lezama contribuyeron a su “rehabilitación”. Yo preferiría decir a su “regreso póstumo” a ocupar un cargo protagónico dentro la república cubana de las letras. Ese período va desde 1976 con la muerte del poeta, hasta los primeros años de la década de los noventa. Esta etapa está marcada por la viuda de Lezama, quien guardó celosamente su papelería y los inéditos que han aparecido póstumamente. El fallecimiento de esta eficaz albacea supuso un giro en los estudios lezamianos cuando el archivo particular de él pasó a ser propiedad pública. A pesar de ello, en 1977 se publica Oppiano Licario, con prólogo del historiador cubano Manuel Moreno Fraginals (5), y Fragmentos a su imán, con unas palabras introductorias de Cintio Vitier (6). Estas son las primeras de sus obras publicadas póstumamente.

Al fallecer aquellas figuras de izquierda que formaron parte de la Revista de Avance, quedó volver los ojos a un grupo posterior que esperó el tiempo requerido la atención de la crítica. En este proceso de reaparición del origenismo para la crítica literaria marxista, tuvo una especial relevancia la crítica e historiografía extranjera, más que un complot oficial para rehabilitarlos.

Al morir Lezama Lima, Vitier quedó como líder natural del origenismo de la Isla que, a diferencia del que pasó al exilio, mantuvo su unidad de grupo. A diferencia de Eliseo Diego y de Octavio Smith, ha sido siempre un hábil ensayista al igual que su esposa Fina García Marruz. El ensayo no fue el género que reconcilió al grupo Orígenes con el gusto literario de una nueva república letrada interesada por la escritura que sabe cómo insertarse en la épica del proceso revolucionario. La novela o la “novela poética” fue el género o el “híbrido genérico” que intentó esa reconciliación. Así escribió De Peña Pobre, sobre cuya génesis ha dicho su autor:

“Nunca estuvo entre mis sueños o proyectos escribir una novela, ni siquiera fui nunca muy aficionado al género. Cuando empecé a escribir, en noviembre de 1976, como oscura respuesta a la muerte de Lezama, lo que sería De Peña Pobre, no sabía que estaba empezando una novela” (7).

La novela fue concluida en 1979, es decir, tres años después de la desaparición física de Lezama y como oscura respuesta a ese suceso. Pronto tuvo un par de ediciones cubanas y fue traducida al ruso con su consecuente aparición en la otrora URSS. A la revista literaria Orígenes le faltaba un lugar dentro del proceso épico ejemplar de la nación cubana y Cintio Vitier, consciente de esa carencia, escribió la novela para tratar de situarlos dentro de esa tradición. Recordemos incluso que los elogios realizados por la crítica literaria soviética (8) y latinoamericana (9) a la novela son anteriores a los primeros acercamientos hechos en Cuba.

Los años finales de la década del setenta que siguen a la muerte de Lezama, están marcados por esas publicaciones póstumas y la novela de Vitier. No obstante, rastrear la crítica relativa a la obra lezamiana en los ochenta supone comprender en líneas generales cómo fue cambiando el modelo de literatura como “reflejo de un proceso épico ejemplar” y se fue imponiendo una comprensión más amplia del “hecho literario”. Ese cambio no parece estar tan calculado por una conspiración maquinalmente planeada. Todos los que tengan un poco de sentido común, podrán ver el giro del modelo de obra literaria que se dio en los ochenta. Este proceso fue paulatino obviamente. No hubo ningún señor con silbato dispuesto a marcar el inicio y fin de una nueva etapa. No hubo un cambio brusco. Esta graduación del cambio refleja el carácter espontáneo del mismo. Las causas pueden ser muy variadas y vale la pena reflexionar sobre ellas.

La crítica literaria sobre Lezama Lima en los setenta fue escasa y este problema no fue exclusivo de su obra. La bibliografía sobre la crisis de la crítica durante este período es muy abundante. “Ausencia siempre no quiso decir olvido”. En este sentido, la compilación de Madeline Cámara de 1988 Por una nueva crítica. Reflexiones sobre la crítica artístico-literaria en la Revolución (10) es paradigmática de este tema al recoger muchos de los artículos aparecidos en diversas revistas culturales durante la década del ochenta. Otro texto de enorme importancia es la selección de textos La literatura cubana ante la crítica de 1990 (11). Estos textos no solo explican la escasez de estudios lezamianos durante los años ochenta, también dan cuenta del giro de modelo en el gusto y la crítica literaria que ocurrió durante la década.

Desde fuera de Cuba, le vino a la obra de Lezama Lima un enorme reconocimiento. Recordemos el Coloquio de la Universidad de Pottiers, en Francia, en 1982, que previamente había realizado otros sobre Nicolás Guillén y Alejo Carpentier. Algunos de los origenólogos cubanos asistieron a dicho evento. Este suceso, sumado al éxito de la primera novela de Vitier, inició un proceso paulatino en el cual es, muy difícil, por no decir imposible, hallar un plan articulado de rehabilitación.

Dos años más tarde, en 1983, la Dra. Ana Cairo compiló una selección de Lecturas sobre literatura cubana (12) en la cual recoge un conjunto de textos sobre Lezama Lima. Si se tiene en cuenta la finalidad eminentemente docente de la misma en los estudios de educación superior en Cuba se comprende la trascendencia de la misma al darle una dimensión histórica. La influencia de ese texto en las nuevas generaciones de graduados de la Licenciatura en Filología Hispánica y otras disciplinas afines dejó una huella en los editores, críticos publicistas e investigadores de varias generaciones.
Durante la década del ochenta aparecieron en Cuba diversas ediciones de la obra lezamiana entre las que cabe señalar la compilación de Abel Prieto, actual Ministro de Cultura de Cuba, que recoge una parte de sus ensayos tenidos como herméticos e incluso poco rigurosos durante muchos años la cual se titula Confluencias. Selección de Textos de 1988. Merece la pena señalar también la nueva edición de su Poesía completa, en 1985, que recogió muchos poemas todavía dispersos en revistas o en su papelería personal.

No es posible pasar por alto el número de la Revista de la Biblioteca Nacional “José Martí” dedicado a la papelería de Lezama Lima en 1988. En él se publicaron sus diarios privados, correspondencia y una buena selección de textos inéditos de enorme valor. No obstante, para hablar de la publicación de los fondos de Lezama Lima de esa institución cubana, es necesario hacer un aparte en los noventa y abundar más en la figura de Iván González Cruz como origenólogo.

Entre los origenólogos más destacados de los ochenta podemos mencionar a Jorge Luis Arcos, Enrique Saínz, José Prats Sariol, Abel Prieto, Ciro Bianchi Ross y Reynaldo González. Esto no quiere decir que ellos hayan sido los únicos que escribieron sobre Orígenes o los escritores de ese grupo. Se trata de aquellos que hicieron una contribución notable al estudio del tema.

Si bien la idea idílica de la familia de Orígenes, tal y cómo la presenta el matrimonio Vitier-García Marruz, no es un fiel reflejo de la realidad, tampoco el nido de víboras que pretende descubrir Ponte se corresponde con la más fidedigna verdad. En el Fondo Cubano de la Biblioteca de la Universidad de Miami, podemos hallar documentos muy reveladores acerca de la identidad del grupo Orígenes que refuerzan las teorías y taxonomías que hemos tratado de reforzar durante los últimos años. El bloque tradición del no, orígenes del exilio, no presenta la homogeneidad que busca presentarnos Ponte. Los manuscritos de Miami nos revelan a un Baquero que le escribe a Lydia Cabrera acerca de Lorenzo García Vega: “...ese cachorrito de serpiente a quien aludo ahí es el malvadito de Lorenzo García Vega, que parece que no rompe un plato pero rompe el hijoputómetro nada más que con acercársele. ¡Be careful!” (13). Tal parece que Baquero, Rodríguez Santos, Gaztelu y García Vega no eran un bloque tan unitario. Primaban otras relaciones, quizás aquellas del grupo mayoritario de creyentes de Orígenes que Fina García Marruz ha esbozado en su libro La familia de Orígenes (14).
La política no debe cegarnos, la paranoia no debe obnubilar nuestro juicio. Hay muchos motivos para profundizar en las raíces de la gnoseología origenista. Es cierto que en nuestra poesía se presenta la dicotomía entre el poeta casaliano y el martiano, igual que para las letras españolas siempre hay un gongorino y un quevediano. Es verdad que los casalianos son muchas veces traídos a menos. Pero al igual que en la lírica de la península también podemos hallar un Garcilaso o un San Juan de la Cruz, hoy igual que ayer en la poesía cubana podemos hallar una poesía que trasciende los maniqueísmos presos del determinismo político. Se vuelve otra vez sobre un viejo pecado de los origenólogos a nadar sobre la superficie.

Estas breves notas acerca de la historia de los estudios lezamianos en Cuba y la evolución de la origenología requieren todavía de muchas precisiones, pero nos dan una idea de cómo ocurrió realmente el “regreso póstumo” de Lezama y los origenistas al lugar preeminente que les corresponde en nuestra república de las letras. Es necesario evitar la comodidad mecánica del discurso de los marginados.

El mérito mayor del libro de Ponte lo es sin dudas su reflexión acerca del método y las fuentes para historiar el grupo Orígenes: “Tenemos todos estos objetos: cartas, regalos tendidos, fotografías, inscripciones en libros, dedicatorias, anécdotas, retratos de poetas hechos por pintores y palabras de poetas para exposiciones de cuadros. Tenemos el álbum de amigos de José Lezama Lima y la agenda verde claro donde hacía su lista de libros prestados. Tendríamos que imaginar conversaciones telefónicas, comidas, santos, bautizos, bodas, paseos, caminatas conversadas. Y, no bastando lo anterior, tendríamos que imaginar lo que no se dijeron entre ellos los origenistas” (15).

Notas

1. Ponte, Antonio José. El libro perdido de los origenistas. Ed. Renacimiento, Sevilla, 2004.
2. Dictamen del Jurado del Concurso UNEAC de 1968.

3. Cairo Ballerter, Ana. El Grupo Minorista y su tiempo. Ed. Ciencias Sociales, La Habana, 1978. 

4. Ciro Bianchi Ross. “¿Cómo Murió Lezama Lima?” http://www.tiempo21.islagrande .cu/Lectura/como%20murio%20lezama.htm
5. Lezama Lima, José. Oppiano Licario. Ed. Arte y Literatura, La Habana, 1977.
6. Lezama Lima, José. Fragmentos a su imán. Ed. Arte y Literatura, La Habana, 1977.
7. Vitier, Cintio. “Escrito ayer”. Prosas leves. Ed. Letras Cubanas, La Habana, 1993. pp. 172-173.

8. Valeri Zemskov. “Una novela cubana: De Peña Pobre”. Revista de Literatura Cubana. Año III, No. 5, julio de 1985. pp. 98-111.

9. Prada Oropesa, Renato. “De peña pobre: novela y memoria”. Revolución y cultura. (121): 24-29; septiembre de 1982. Prada Oropesa, Renato. “De peña pobre: parámetros de lectura”. UNIÓN (2): 49-65; abril-junio de 1984.

10. Cámara, Madeline (Comp.). Por una nueva crítica. Reflexiones sobre la crítica artístico-literaria en la Revolución. Ed. Pablo de la Torriente, La Habana, 1988.
11. Vázquez Díaz, René. (Comp.). La literatura cubana ante la crítica. Ed. Unión, La Habana, 1990.

12. Cairo Ballester, Ana. (Comp.) Lecturas sobre literatura cubana. Departamento de Textos y Materiales Didácticos, Ministerio de Educación Superior, La Habana, 1983.
13. Carta No. 12. Sub-series B: To Lydia Cabrera, n.d. 1929-[1991?] (continued) Select Correspondents: A-M. From Baquero, Gastón, n.d., 1978- [1991?] 30 items (25 online) Letter: [Madrid?], to Lydia [Cabrera], [Coral Gables, Fla.], n.d. Creator: Baquero, Gastón 1 item (8 p.) Note: Photocopy of typed letter signed with holograph corrections from Cuban writer and poet Gastón Baquero (1918-1997).

14. García Marruz, Fina. La familia de Orígenes. Ed. UNIÓN. La Habana, 1997. 15 Ponte, Antonio José. Idem. p. 96.

 


CONTRA LA FÁBULA DEL PEQUEÑO FUNCIONARIO. DEBATE ANTE UN ARTÍCULO DE AMAURI GUTIÉRREZ COTO.

 

 

Por Antonio José Ponte.

 

E

n el número anterior de esta revista, Amauri Francisco Gutiérrez Coto ha publicado, a propósito de mi libro de ensayos El libro perdido de los origenistas, lo que él considera unas "breves notas acerca de la historia de los estudios lezamianos en Cuba" (1). En ellas me acusa de mostrar al grupo origenista como si de "un nido de víboras" se tratara, confunde lo que en mi libro llamé "tradición cubana del No" con el ala del origenismo en el exilio, y pretende equiparar la polaridad Martí-Casal con la de Góngora-Quevedo (como si alguno de estos españoles hubiese soportado la cantidad de atmósferas que pesan sobre José Martí).

No tanto por tratarse de un libro mío como por atañer a la biografía de un grupo y de una época, quisiera discutir aquí algunos puntos de ese artículo. Estudia Gutiérrez Coto el "tema de la rehabilitación de los poetas origenistas", presupone la censura padecida por tales escritores, y para cada una de esas etapas habilita una figura. Correspondiente a los años de censura, la de un "funcionarillo que se creyó intérprete de las políticas estéticas" y contra cuya voluntad debió chocar José Lezama Lima. Y luego, a propósito de la rehabilitación de la obra lezamiana, la de "un señor con silbato dispuesto a marcar el inicio y fin de una nueva etapa".

Gutiérrez Coto cree en la existencia de la primera de estas figuras. La segunda le parece pura invención mía. Mía y de quienes sostienen que en Cuba la rehabilitación de Lezama fue tan oficialmente instrumentada como lo fue su censura.

Espero no haber dado pie en mi libro a la vitalidad del señor del silbato. Porque considero que censura y rehabilitación fueron empresas a cargo de más de un sujeto y, en caso de pedírseme un estimado numérico podría aventurar la populosidad de varios ministerios: Aunque tampoco esta hipótesis parecería plausible, Amauri Francisco Gutiérrez Coto, quien apunta: "La idea de la conspiración para el silencio puede parecernos algo paranoide".

Él se inclina, a diferencia, por sospechas más puntuales, como la de ese pequeño funcionario de quien tantas veces hemos oído hablar. Mudable de rasgos y de nombre (casi siempre innominado y sin describir), puede encontrársele dondequiera que se intente exculpar a la totalidad del aparato burocrático. No sin alguna maldad propia, el tal funcionarillo sirve de chivo expiatorio. Y mientras más pequeño es su rango, más salvedad parece dispensársele al todo, al sistema. (A causa de ello se hace hincapié en su malinterpretación de las órdenes, en las atribuciones que se toma, en sus abusos de poder.)

Hay, sin embargo, una pregunta que considero desarmante: ¿por qué, tan diminuto y sin respaldo oficial, logra salirse sempiternamente con la suya? ¿Qué impide a quienes lo sufren apelar a instancias superiores, ir en busca de reglas sin tergiversación? Por lo que se ve, el empecinamiento en un sujeto libera al pensamiento de responsabilidades, le ahorra el peligro de cuestionar todo un sistema.

A ninguna otra explicación recurre Cintio Vitier, por ejemplo, al referir los últimos años de Lezama Lima: "a partir del 72, si efectivamente empieza a haber una actitud de hostilidad hacia Lezama por parte de determinados funcionarios. Estos funcionarios empezaron a crear una especie de cerco de silencio en torno a Lezama" (2). Igual facilidad de pensamiento brinda a Gutiérrez Coto la oportunidad de negar que el final de ese cerco fuese orquestado oficialmente. Si no constó premeditación oficial en los comienzos, ¿por qué tendría que aparecer al final? Lezama Lima tuvo la mala suerte de toparse con cierto funcionario o cerco de funcionarios y por alguna razón decidió respetar el obstáculo que se le interpusiera.

Vitier ha reconocido (a su manera) la censura política que pesó sobre José Lezama Lima. Gutiérrez Coto, en cambio, descree bastante de esta. A juicio suyo son tres las causas del silencio lezamiano: el ya visto funcionarillo atravesado, la aparición de un nuevo discurso literario ("Buena parte del silencio que sobre estos escritores cayó durante años, fue debido a que otros temas y modelos recababan la atención de la crítica"), y el aislamiento que Lezama Lima se propinó a sí mismo ("El aislamiento lezamiano fue también un autoaislamiento y un resultado del producto [sic] de algún funcionarillo que se creyó intérprete de las políticas estéticas").

Gutiérrez Coto parece alentar una exaltada idea de la crítica literaria, calcula que aquellas obras no socorridas por los especialistas caen en un mutismo equivalente al de la censura política. Según él, los viejos origenistas contaban con las mismas posibilidades editoriales de años antes, pero perdían espacio frente al surgimiento de una nueva literatura.

"La biografía literaria de Lezama entre 1968 y 1976 se puede reconstruir sin ninguna dificultad", afirma. Y se dedica a animar los últimos años de esa vida, cuando una simple ojeada a la bibliografía lezamiana enseña que entre 1970 y 1976 no se publicó en Cuba libro suyo y escasísimas fueron sus colaboraciones en publicaciones periódicas (3). Acude a los últimos días del biografiado, allí donde se cruzan las distintas versiones hospitalarias (mal atendido según unos, tratado con esmero según otros), para brindarnos este aquietamiento: "El hecho de que Alfredo Guevara le enviara, tan pronto supo de la enfermedad de Lezama, una ambulancia que llegó junto con su llamada a la esposa del poeta, refiere ese cuidado oficial por la vida del fundador de Orígenes".

El episodio, sin embargo, se abre a variadas lecturas. Una: la gentileza del alto dirigente cultural borraba las vicisitudes impuestas a Lezama por burócrata de menos peso. Otra posible lección es el escándalo de que una ambulancia, recurso elemental y último, se haya convertido en prebenda.

Pero ninguna de las tesis aportadas por Gutiérrez Coto parece tan cuestionable como la de culpar de su silencio al silenciado. Para desinflar esa novela psicologista no encuentro mejor autoridad que la de Cintio Vitier. Valgan dos hechos que él relata: en octubre de 1972 se vio obligado a renunciara la dirección del Anuario Martiano ante el bando de censura ("discrepancias con un funcionario" explica Vitier) dictado contra José Lezama Lima. Manuel Pedro González e Iván Schulman (4) y más tarde, entre 1974 y 1975, tendría que aguardar a que una comisión autorizase la edición mexicana de su libro Ese sol del mundo moral, siendo las mayores objeciones relativas a José de la Luz y Caballero, Julián del Casal y José Lezama Lima (5).

Llamados los ejemplos anteriores (el muestrario podría extenderse), me pregunto si resulta sostenible el expediente de autocensura lezamiana. Una caricatura de burócrata, un cambio de modas literarias y un rebuscamiento psicológico brindan licencia a Amauri Francisco Gutiérrez Coto para narrar a capricho la biografia de Lezama Lima. Y, luego de escamotear un franco caso de censura política, pretende brindarnos una historia idílica de rehabilitación.

"Es necesario evitar la comodidad mecánica del discurso de los marginados", nos advierte. Lástima que la práctica de principio tan loable lo haya conducido a otra comodidad: la de pensar a medias. Pues no de otra materia está hecho ese funcionarillo que se creyó intérprete de las políticas estéticas", sino del miedo a llegar demasiado lejos. El miedo a razonar partea esa imagen de burócrata, buena para quien se conforma con la parte antes que con el todo y prefiere entender como accidente lo que consistió en ley.

Desaconsejable como acercamiento a José Lezama Lima y al qrupo Orígenes, el artículo de Gutiérrez Coto vale por la genealogía de la crítica que procura establecer. Ahora bien, si su autor aspira a sumarse al grupo de estudiosos que menciona (así lo hace pensar el anuncio de un libro sobre Gastón Baquero), sería recomendable que mostrara más respeto por los hechos históricos y que impusiera un mayor número de pruebas a sus tesis antes de decidirse a publicarlas.

Notas

(1) Amauri Francisco Gutiérrez Coto, "Sobre la origenología pontiana", Vitral, Pinar del Río, mayo-junio de 2005. año XII. no, 67. Todas las citas de este autor pertenecen a este artículo.

(2) Arcadio Díaz Quiñones, "Conversaciones con Cintio Vitier, 1979-1980", en Arcadio Diez Quiñones y Cintio Vitier, La memoria integradora, Editorial Sin Nombre, San Juan, Puerto Rico, 1987, pg. 125.

(3) Araceli García Carranza, Bibliografía de José Lezama Lima, Editorial Arte y Literatura. La Habana, 1998,

(4) Cintio Vitier. "La Patria cada día", La Gaceta de Cuba, La Habana, No.4, 1995.

(5) Arcadio Díaz Quiñones, ldem.

 

 


MÁS QUE FÁBULAS, EL PECADO DE LOS FALSOS MITOS. RESPUESTA AL POETA ANTONIO JOSÉ PONTE.

 

Por Amauri Francisco Gutiérrez Coto.

 

¿H

ubo o no censura en Cuba de la obra literaria de Lezama Lima? ¿Si la hubo en qué época fue? ¿Fue una censura política o fue moral y religiosa? ¿En qué aspecto se concretó? ¿Su causa es la política cultural imperante, el cerco de funcionarios o la mentalidad reinante? ¿Por qué publica poco Lezama Lima de 1972 a 1976? A estas y otras preguntas trataremos de darle respuesta aquí. Téngase en cuenta, además, que a diferencia de muchos de nuestros contemporáneos no vivimos esos momentos y nuestras conclusiones vienen de testimonios individuales de actores del proceso, de fuentes documentales y sobre todo de un empeño de interpretar esos datos de manera desprejuiciada. Hay demasiadas pasiones que se agitan detrás de nuestra historia cultural reciente. Mucho se ha publicado en una u otra orilla, pero en ambas es posible hallar ciertas inconsistencias. Ojalá estos artículos de Ponte y míos sirvan para echar un poco de luz sobre el pasado. Decía Rine Leal refiriéndose al Quinquenio Gris que había que arrojar luz encima de él pues con la invención de la electricidad los fantasmas habían desaparecido[1]. Ojalá estas letras cruzadas a las que nos hemos visto arrastrados, animen a otros a echar luz sobre estos años y espanten los fantasmas que los rondan.

Después de la publicación de mi comentario inicial sobre el libro de Ponte, muchos se me han acercado compartir conmigo un riquísimo anecdotario sobre el tema. Ojalá toda esa tradición oral, a pesar de su carácter legendario en algunos casos, no caiga en el olvido y se vea alguna vez en letra impresa. No todo lo que se cuenta es cierto, pero mucho lo es y buena parte de ellos es susceptible de verificaciones documentales. No quiero que se interprete con esto que soy partidario de una historia apegada al dato positivista. Mi postura es muy contraria a esa tendencia.

Todos los que se han acercado a mí, sin excepción, coinciden en que hay parte de razón en mis palabras pero me objetan que es innegable la censura. Al menos uno de los aspectos positivos de mi anterior acercamiento, es que el período de censura de Lezama fue reducido al período de 1972  a 1976. Eso traslada su inicio desde la publicación de Paradiso y el caso Padilla al Primer Congreso Nacional de Educación y Cultura de 1971. Durante este período la publicación de la obra de Lezama fue prohibida. Es decir, a partir de la celebración pública de su sesenta cumpleaños, desaparece prácticamente del universo literario hasta su muerte. Si fue censura o si fue ignorada la obra de Lezama durante este período eso es algo que no nos interesa por el momento aclarar. Cuando decimos que "la biografía literaria de Lezama entre 1968 y 1976 se puede reconstruir sin ninguna dificultad"; no decimos que su obra impresa no se haya visto afectada durante los años del Quinquenio o Decenio Gris, sin entrar en la definición tan polémica del anterior período[2]. La obra de Lezama continuó durante esos años publicándose fuera de Cuba y la hermana del poeta fue muchas veces la intermediaria. Su biografía literaria por tanto continuó y no se detuvo como la de otros autores. Lo que sí nos parece digno de subrayar es el carácter y la historia de su rehabilitación. Ya veremos por qué razones.

Por otro lado, las causas de esa censura y de ese olvido son varias. Hay mil testimonios sobre el apoyo generalizado a la norma estética y disciplinar concretada en política por el Congreso en el cual hubo muchísimos participantes. La responsabilidad de esa política cultural no hay que atribuirla solo al Consejo Nacional de Cultura u otros ministerios, tal y como dice Ponte. Buena parte de la responsabilidad la tienen todos aquellos que apoyaron normas estéticas y disciplinares equivocadas. Muchos de ellos gente con verdadero talento u olfato real para reconocerlo. Atribuir responsabilidad al sistema ofrece también el facilismo de no ver responsabilidad en las individualidades involucradas. Es otro acomodo el no valorar la función de la mentalidad o el espíritu de época dentro de todo ese proceso. Si se deja toda la responsabilidad en el Estado, todos los individuos que creyeron sinceramente en la veracidad de normas erradas se ven libres de cualquier cuestionamiento. ¿Dónde queda la responsabilidad individual? ¿No hubo una parte de la cultura letrada que se atrincheró en los valores verdaderos? ¿Quiénes fueron? ¿Cuáles son los raros? Se celebraron 2656 asambleas de base y participaron en ellas 116203 trabajadores que hicieron unas 7846 recomendaciones a los 1800 delegados que participaron en el Congreso. ¿Fue acaso el Estado el único responsable de esa política cultural y moral?

El funcionarillo, de cual hablo como arquetipo juniano y no como sujeto concreto, no hizo solo las políticas culturales. Como es de suponer, entre mi funcionarillo y el cerco de funcionarios de Vitier no hay muchas diferencias. Hubo quienes que vieron correcta necesidad de generalizar por todos los medios posibles ciertas normas estéticas y disciplinares a los artistas. ¿Les faltó sinceridad? Eso no lo sabemos pero la historia ha demostrado que estaban equivocados.

La desarmante pregunta de por qué tan diminuto funcionario y sin respaldo oficial logra salirse con la suya; se contesta un poco con lo anterior. Nunca dijimos que el funcionarillo o el cerco de ellos fuera diminuto y no tuviera el respaldo oficial que le dio un Congreso en el cual  se logró un consenso del criterio de aquellos que buscaban a toda costa: "ese discurso épico ejemplar de la nación". ¿A quién apelar si casi todos piensan que se está haciendo lo correcto? ¿Sobre todo aquellos entre los cuáles repito hay gente con talento? No obstante, el tema de las responsabilidades también me parece secundario por el momento.

Frente a la pregunta de por qué no apeló a instancias superiores, parece que Lezama sí lo hizo. La respuesta vino en 1975 con una visita de Carneado a su casa en la que se disculpó personalmente por la actitud de ciertos funcionarios. Esta anécdota, que me contó de viva voz un testigo presencial, requerirá para otros una futura verificación.

¿Por qué me parece imprescindible reflexionar acerca de lo premeditado o no de la rehabilitación? Hay una razón muy sencilla, si la rehabilitación hubiera sido planeada, eso sería signo de la imposibilidad de la sociedad cubana para imponer, poco a poco, una verdad por su propio peso. Creo por varios signos de esa "rehabilitación" o "regreso póstumo", de los cuáles ya he hablado, que hay algo espontáneo que se fue haciendo norma indiscutible y fue echando por tierra criterios erróneos otrora legítimos. Creo en ello, no por la fe, aunque como es conocido no carezco de ella, creo por la naturaleza no solo de los hechos históricos sino sobre todo de las mentalidades. La historia no es solo hecho, es además mentalidad común de una época. Una historia reducida a los hechos sería muy positivista para mi gusto. La historia es también posibilidad y en su interpretación hay espacio para dignificar o destruir. El discurso de la persecución, del genio maligno que hace todo por nosotros, anula el peso axiológico de la verdad y el empuje de aquellos que se dieron cuenta del error. Esa historia castrada de futuridad, carece de una mirada objetiva. Incluso el análisis más positivista de la historia reconoce el efecto actuante de la verdad dentro de ella. Me parece que independientemente de las políticas culturales hay que decir: muchos cubanos se equivocaron y muchos cubanos rectificaron. Ellos hacen las políticas, las revoluciones y los sistemas. Frente a la postura de la historia en la que el hombre queda siempre reducido y aplastado por un sistema, sea cual sea, que lo anula como actor; me resisto a buscar los pequeños y silenciosos signos de su acción. Hay dos historias: una que dignifica al hombre y otra que lo humilla. Tiene el historiador una importante responsabilidad frente al pasado de la nación y no es otra que dignificarlo. Dignificar no es obviamente engañar, sino hacer una lectura acertiva de las épocas ya transitadas siempre a favor del hombre. La historia dignifica el pasado, no fabulando con él, sino comprendiéndolo, es decir, explicándolo. Me niego a creer que el valor ontológico de la verdad no se impuso por sí mismo, que no hubo hombres que se percataron de que se vivía en el reino de la mediocridad, como ha dicho con tanta lucidez Ambrosio Fornet[3], y lucharon contra él. La historia no aplasta al hombre, lo comprende. La historia reciente de Cuba es más que una historia de decretos. Hay una literatura del Quinquenio Gris que se publicó en los ochenta y finales de los setenta que estudiar. Hay una historia de resistencia y de debates que reconstruir. No aceptar estas verdades sería cometer el pecado - ya sé que es una palabra muy fuerte - de seguir alentando falsos mitos históricos. Tal vez por esa razón nuestras letras no han dado nunca un libro como la España ininteligible de Julián Marías. Nos falta ese afán de dignificar el pasado que sintió imprescindible la España post-franquista.

Quedan algunos temas en el tintero, por qué no publica nuevos libros Lezama Lima de 1972 a 1976 y qué pasó con el famoso Anuario Martiano de 1972. Ese pequeño Comte que llevamos dentro me obliga necesariamente a no dejarlos pasar. Quiero colaborar a la hechología histórica con mi modesta interpretación, si está equivocada que salte en este espacio un quijotesco historiador a refutarme. Vengan los nuevos datos y los testimonios orales vuélvanse escritos.

En cuanto a las publicaciones lezamianas en Cuba durante el período de 1972 a 1976, hay que añadir que, si hubiera escrito otros libros durante ese período, ellos se habrían publicado en el extranjero y no apareció allí en esa época ninguno inédito. Además, a la muerte de Lezama, habría un sin número de libros inéditos para publicar y, como es harto conocido, solo quedaron Oppiano Licario y Fragmentos a su imán, ambos libros con un sinnúmero de retoques pendientes, basta revisar los manuscritos de ellos en el fondo de la Biblioteca Nacional "José Martí". Quizás es cierto que muchos de sus libros se debieron de reeditar durante ese período. Las nuevas generaciones tenían una avidez enorme por su obra, muestra de ello lo es el siguiente poema de Armando Álvarez Bravo de 1973:

"... lo empiezan a citar en voz baja, siempre le han citado así,

y recorren las librerías de viejo buscando sus libros

y sueltan en medio de una conversación, venga o no al caso,

como quien acaba de descubrir el Mediterráneo, el clásico:

Ah, que tu escapes..."[4]

Respecto al Anuario Martiano de 1972 hay que decir, o al menos así yo lo veo, que se trató de una censura moral más que política de Lezama.  Hubo en esa publicación dos asuntos distintos que llevaron a la renuncia de Vitier a su dirección. La primera fue una objeción que le hizo un funcionario a cierto artículo suyo donde hablaba de Martí y de Lezama. La segunda fue su divulgación de las actividades de la Fundación "José Martí" de California que fundó Manuel Pedro González. De la primera diremos que al funcionario en cuestión le pareció un sacrilegio poner a Martí al lado de Lezama porque este último después de la publicación de Paradiso era un apóstol de los homosexuales. Aquí lo que salta a la vista es una censura moral y no política, hecha por un político de la cultura. Eso sí es cierto. El heterosexismo se hizo política cultural por una Revolución en la cual esta postura moral estaba muy arraigada en la mentalidad común del cubano, aún hoy lo está un poco. Cuando a Baudelaire el Ministerio de Instrucción Pública francés le censuró algunos poemas por su contenido moral, nadie pensó en censura política. ¿Qué nos lleva entonces a ver en le caso de Lezama solo una censura política? ¿Será que aquella politización de todos los sectores de la vida civil que tanto se criticamos, se nos ha colado tan dentro que no somos capaces de ver más allá de ella? Sé que no faltará quién se pregunte por los límites de la política y sacará la política del incidente de abajo de la manga. Tiene una connotación política en sentido amplio, como la tuvo el incidente de Baudelaire.

A pesar de lo trillado del tema, me gustaría detenerme en cierto aspecto de la obra lezamiana. En la Declaración del Primer Congreso Nacional de Educación y Cultura dice:

"En el tratamiento del homosexualismo la Comisión llegó a la conclusión de que no es permisible que por medio de la 'calidad artística' reconocidos homosexuales ganen influencia que incida en la formación de nuestra juventud"[5].

Ya unos años antes, Jesús Díaz, posteriormente director de la revista Encuentro, ya se preocupaba por ese efecto nocivo de Paradiso en la juventud, se trataba de una novela que "por medio de la calidad artística" tocaba el tema de la homosexualidad. El entonces profesor de filosofía decía:

"A muchos nos ha preocupado la publicación de Paradiso y la influencia que dicha novela pueda ejercer sobre la juventud. Esta preocupación, si se encuentra fundamentada, si es racional, es justa; pero, independientemente de la opinión que nos pueda merecer Paradiso, no hay que olvidar que de ella solo se editaron 4000 ejemplares y que hay depositado en esa obra un trabajo. Mientras que en cualquier esquina de La Habana se encuentra al aire libre, un kiosco con los comics, las novelitas de Corín Tellado, los muñequitos de Superman y Batman, con todo su veneno anticomunista, las obras que narran las hazañas de FBI, los libros pornográficos descubiertos u otros libros que no son más que pornografía con nombres indúes. Todo ese veneno ideológico y cultural y moral, veneno a pulso, no se vende, se cambia mediante el pago de una prima. Usted lleva cinco libritos, los cambia por otros cinco y paga 20 centavos de prima: un verdadero mercado negro."[6]

La opinión anterior como muchas otras, refuerza nuestra tesis de la corresponsabilidad entre las políticas culturales y los individuos que las vivieron, refuerza la idea de una mentalidad común arraigada incluso antes del Primer Congreso. Este último evento se preocupaba también por la imagen internacional de la Revolución Cubana que los intelectuales del patio daban a conocer:

"Que se debe evitar que ostenten una representación artística de nuestro país en el extranjero cuya moral no corresponda al prestigio de nuestra revolución"[7].

De lo anterior se infiere que Paradiso no era precisamente un paradigma de la moral revolucionaria y su publicación en el extranjero, muy copiosa durante el período de 1972 a 1976, no colaboraba al prestigio de Cuba, tal y como lo creía el Primer Congreso. Por ello debemos suponer que esas ediciones extranjeras de la novela durante esta etapa no tuvieron los permisos requeridos entonces. Parte de la correspondencia entre Lezama y su hermana Eloisa en Miami, refuerzan esta tesis pues el poeta delega en ella la gestión con sus editores extranjeros[8]. No debemos olvidar que era este un momento que la sola correspondencia con familiares del extranjero era considerada una falta revolucionaria. Toda esta coyuntura histórica, que también pertenece a la biografía literaria de Lezama, contribuyó a su silencio durante el período a que nos referimos.

El asunto del pobre Manuel Pedro González es mucho más triste. Un hombre que contribuyó de manera decisiva a la permanencia de Vitier al lado de la Revolución Cubana por solo citar un ejemplo, fue acusado de enemigo al servicio del imperialismo yanqui por el solo hecho de residir en los Estados Unidos. Esto llevó a Luis Pavón, a la sazón Presidente del Consejo Nacional de Cultura, a afirmar lo siguiente sobre esta institución:

"En el caso de Martí esto es evidente y el intento de reducir sus perfiles revolucionarios trastocándolos en favor de los actuales propósitos imperialistas son obvios. Para lograrlos se apela, por supuesto, a gusanos de la peor catadura. Pero no sólo a estos. Se articula y se organiza el ataque contra Martí: Se junta a escritores de la ideología burguesa - que colaboraron con Santovenia y el tristemente célebre Comisión del Centenario - en torno a la Fundación José Martí con base a la Universidad en California. Esta es una de las iniciativas más sutiles y engañosas cuidadosamente gestadas por el enemigo de clase."[9]

A pesar del anterior comentario, los implicados en esa institución han demostrado a lo largo de los años su apoyo incondicional a la Revolución Cubana, como es el caso de Iván Schulman. Hubo un aislamiento de la obra de Lezama del panorama literario cubano en algún momento, tal y cómo la hubo de otros escritores cubanos por diversas causas. Vitier se refiere a este asunto de la siguiente manera:

"Mi ánimo en aquellos días [se refiere a agosto de 1961] se hallaba hondamente turbado por conflictos ideológicos y de conciencia. Después de un 1 de enero inolvidable y dos años de exultación patriótica sólo amargada por el veneno de los oportunistas, empezaron a surgir en nosotros - aludo a un pequeño grupo de poetas católicos - los inevitables problemas que nos planteaba el creciente perfil marxista de la Revolución. Por una parte identificados con sus medidas populares y con su decisión antimperialista, por otra absolutamente desarmados en el campo teológico, con una Iglesia tan impregnada como nosotros mismos, sin autoridad histórica sospechosa de connivencias reaccionarias, la ola arrolladora que se veía venir nos golpeó, sin escudo posible, en pleno pecho. La Revolución cubana, en suma, que desde su triunfo había acometido una obra de justicia social sin precedentes en América Latina, se había declarado aquel año 1961, el año cruel de Playa Girón, marxista-leninista y por lo tanto oficialmente atea. Tal era el nudo de la cuestión"[10].

Como vemos el cristianismo, según este testimonio, fue fuente de conflictos ideológicos y de conciencia para los escritores católicos. Al igual que lo fue para ellos, debió serlo para los otros a los cuales les tocó animar la vida cultural de la época. Esta reflexión de Vitier sobre la cuestión nos parece muy esclarecedora de las posibles causas del aislamiento de los poetas creyentes de Orígenes que permanecieron en Cuba. Faltaría por precisar tal vez en qué se concretó ese aislamiento pues muchas veces resulta difícil de establecerlo. A pesar de ello, es necesario aclarar que diferimos en un pequeño punto con el autor de esta frase. La Iglesia Católica cubana sí se venía preparando para el cambio social que necesitaba la sociedad cubana[11].

No obstante, a pesar de la censura, ya sea política o religiosa, Ponte no deja de reconocer la adherencia de los escritores origenistas que permanecieron en la Isla a la Revolución Cubana:

"A la pregunta de qué hacían los origenistas por los caminos de una teleología, por los caminos de la isla como peregrinos, esa misma teleología fundada por ellos, inventada dentro de Orígenes, responde con esta palabra de cuatro sílabas y un acento: Revolución. Durante décadas la gente de Orígenes ha tendido sus arcos sobre el vacío, ha buscado sentido. La teleología y el cere­monial fueron vías para ello. Pero al encontrar sentido es otra vez vacío lo que encuentran. Se hace arduo discernir si el vacío está allí, los rodea, o son ellos, sin saberlo muy bien, quienes llevan vacío adonde quiera. Los origenistas, desganados de siempre por la historia política, encuentran en la revolución cubana de 1959 el final de los tiempos, la Parusía, el mejor de los mundos posibles, la venida segunda del Cristo Martí, el Estado Prusiano de Hegel, la última de las eras imaginarias y un último esfuerzo de imaginación histórica"[12].

 


UN CASO CURIOSO DE CRIMINOLOGÍA LITERARIA (APOSTILLAS A LA POLÉMICA ENTRE AMAURI GUTIÉRREZ COTO Y ANTONIO JOSÉ PONTE)

 

Por Osvaldo Cleger

 

R

ecientemente, en las páginas de Vitral Amauri Gutiérrez Coto y Antonio José Ponte se han enfrascado en una polémica, generada a partir de un comentario del primero a la colección de ensayos del segundo titulada El libro perdido de los origenistas. Y aun cuando en las polémicas, como en los deportes, he preferido siempre la posición del espectador – que anima desde las gradas o bate palmas sentado frente al televisor de casa,  sin mostrar idéntico entusiasmo una vez invitado a tomar parte en las carreras – he decidido terciar, esta vez, en el debate con un par de observaciones que parecen deslizársele a ambos polemistas.

El eje de la discordia aparenta ser el modo histórico como se llevó a cabo la rehabilitación, dentro de Cuba, de la obra de Lezama y de otros intelectuales del grupo de Orígenes. Rehabilitación: palabra curiosa que imagina la obra de los autores como una especie de desván abandonado, cubierto de telarañas y polvo, que un buen día volvió a ver el arribo de la servidumbre trayendo los beneficios de la luz, las diligencias del plumero y una nueva y recién importada mueblería. Rehabilitación de Orígenes: apertura del Museo Lezama Lima en la casa de Trocadero, paseos por los corredores, oficialidades, hipocresías, palabras de brindis y festín pagano.

Afirma Ponte, y cree haberlo demostrado en su libro, que la tal rehabilitación de Lezama se debió a un plan oficial y que fue orquestada desde el gobierno y las esferas de poder en Cuba. Por su parte, Gutiérrez Coto propone un acercamiento a este trozo de historia literaria que tome en cuenta aspectos más directamente literarios, como el horizonte de los gustos y los intereses de la crítica, sin hacer un énfasis excesivo en lo político. Ambas posiciones, en mi criterio, comparten dosis de razón y sinrazones y no son en lo absoluto excluyentes. Se esmeran en dibujar una falsa antítesis. Y mutuamente se culpan por sus excesos respectivos de paranoia o condescendencia hacia los caprichos del poder. Ninguno, sin embargo, parece sospechar que una solución más sencilla del asunto radicaría en darle participación a ambos determinismos. Negar la intervención de la voluntad política dentro de la dinámica histórica de los gustos es una propuesta tan reduccionista como la de otorgárselo todo a los decretos del príncipe y quitárselo a la sociedad lectora.

Pero estamos, en cualquier caso, ante un evento curioso; pues este género de polémicas ilustra como ningún otro fenómeno de discurso que la comunicación se estructura a partir del malentendido, como proponía Lacan. Ambos polemistas se enfrascan en ver sólo el lado endeble en las ideas del otro y le corren por encima, con destrezas de sufi, a las propuestas del oponente que muestran una cierta solidez.

Cotos del dominio de Ponte son (además de la buena prosa) el terreno de lo biográfico, de la minucia hechológica, el método inductivo, la acumulación de pruebas, y la interpretación suspicaz del dato histórico. Gutiérrez Coto, por su parte, aparece atrincherado tras los bastiones, hoy semiderruidos, de la filosofía de la historia, el método deductivo, y las generalizaciones trazadas a priori, que exhiben buen sentido, pero también, dificultades de verificación. Tras las proposiciones de Gutiérrez también podríamos rastrear el esqueleto de una sociocrítica más moderna, que al menos desde la generación de Pierre Bourdieu propone un acercamiento más intrínseco a la dinámica del campo literario, un acercamiento que no acabe por achacárselo todo al homus economicus y al zoon politikon. 

Pero sus perspectivas teóricas no le han impedido a Gutiérrez Coto realizar una lectura errática de lo que él ha llamado la “origenología pontiana”. Aquí se halla en mi criterio el origen de todo el malentendido. En su reseña crítica Gutiérrez Coto, implícitamente, propone ver los ensayos que componen El libro perdido de los origenistas como un texto de crítica literaria; les otorga tal autoridad y he aquí el primer desliz de interpretación. El libro perdido de los origenistas no es, ni pretende ser, un texto de crítica literaria. Ésta, aunque sea una claridad de Perogrullo, ha quedado olvidada en medio del debate. El propio autor la reconoce en los párrafos introductorios: “Como buen celador de museo, me interesan menos las obras que la disposición de éstas. Así que ejerzo menos la crítica literaria que la biografía.” Pero este libro está claro que tampoco es una biografía, aun cuando esté plagado de datos biográficos, fechas de publicaciones o de ausencia de éstas, de discusiones y de encuentros misteriosos. Estos elementos le dan al libro materia biografiable, pero no lo convierten en biografía.

¿Qué es este libro, entonces? ¿Cómo clasificarlo? ¿Cómo aproximarse al mismo, sin cometer el error de Gutiérrez Coto, es decir, sin tomarlo por lo que no es? Ponte afirma que es – desdibujada – una ética. Más tampoco creo necesario tomarse muy en serio esta afirmación, a menos que hablemos de una ética para críos de octavo grado. Me explico: que el autor confiese su temor de perder el placer de la lectura de Lezama porque sus inquisidores lo hayan convertido en pancarta oficial es de una candidez difícilmente ética. Es una pose de indiscutible vigor adolescentario y que tiene que soportar la afrenta de hallarse publicada en los más básicos manuales de psicología del desarrollo. Si el placer de lectura se basara solamente en su flanco clandestino, prohibido habría muy pocos textos que todavía podríamos disfrutar en la actualidad. Sería imposible leer a  Goethe, a quien en Alemania han convertido desde hace décadas en nombre de Instituto; Rimbeau y Baudelaire nos darían náuseas a fuerza de referidos y refritos; el Marqués de Sade – golosina prohibida de nuestros abuelos, esquina última en el inframundo de la clandestinidad – se nos tornaría terriblemente indigesto desde que la generación de Levi-Strauss se digno ha citarlo en un mismo párrafo junto al nombre de Emmanuel Kant y Hollywood, más tarde, lo convirtió en fantoche de cine. El propio Lezama no habría pronunciado en vida el nombre de Martí, que desde los mismos comienzos de la República ya era pancarta y cita gratuita en boca de los políticos del miguelismo, del zayismo o del menocalismo, sin importar los bandos.

Si hay una ética en este libro, la misma no descansa en la preocupación por las supuestas inconveniencias que se desprenderían de la rehabilitación oficial de Lezama, ni en la visión cándida que ofrece el autor del placer de lectura. Si hay una ética en estos textos, ésta se afirma en los sucesivos esfuerzos de Ponte por romper con la censura interna, por sacar a discusión el tema mismo de la censura y la manipulación histórica, por inculpar literariamente a los “inquisidores” y “esbirros” que, desde el poder, han obstaculizado y obstaculizan el desempeño intelectual dentro de Cuba. Este último gesto de sus escritos y su quehacer es sin dudas loable.

Los ensayos de Ponte despiertan, además, el interés de leerlos. Son de una lectura nada indigesta. Nos zambullimos en las primeras páginas y hay un gancho que nos atrapa. En una de mis relecturas me preguntaba cuál sería ese gancho y he aquí las dos respuestas que se me ocurren.

Primeramente, algunos de estos ensayos tienen el interés del policíaco, el género narrativo que con más éxito consigue subyugar al lector, someterlo a largas sesiones de lectura hasta que consigue saber quién ha sido el criminal y cómo sucedió todo. El escenario del crimen es, en este caso, la Cuba de las décadas que el libro historia y el inspector es el propio Ponte, quien está a cargo del “caso Lezama”, asesinado, ultrajado y desenterrado, más tarde, por sus propios “inquisidores”.  La historia literaria que narra Ponte ilustra, en una de sus aristas, un caso ejemplar de “criminología literaria”. Esto explica en parte que algunos párrafos cargados con minucias biográficas, comentarios de conversaciones o de citas misteriosas puedan ganar tanto interés en el lector. Ponte ha tenido la agudeza de verter su relato dentro de las formas del policíaco, el imaginario de la novela detectivesca. Así nos torna la erudición del libro en algo incluso ameno. Resumiendo, desde el punto de vista de la estructura del relato El libro perdido de los origenistas es un texto literario, más cercano del policiaco que de cualquier tipo de género crítico o histórico.

Hay otro aspecto de estos escritos que genera mi interés: y es que allí donde no se esmera en destejer su trama policíaca, el libro se convierte en literature en su forma más estricta y seductora. Hace ya varias décadas Roland Barthes tuvo la desfachatez de reconocer que al escritor no le interesa, en verdad, decir absolutamente nada, en sus textos. Para un escritor genuino, su texto es un acto intransitivo, que se cierra sobre sí mismo, que no persigue otra finalidad que “decirse”. La literatura no es “contenido” o el tal contenido es su propia forma. El texto no es nunca político, filosófico o ético, es un universo de lenguaje que alcanza su finalidad, sin necesidad de escaparse de ese universo discursivo que lo encapsula.  El libro perdido de los origenistas parece una excelente manifestación de este concepto literario. Si leemos cuidadosamente su primer ensayo, que da título a la colección, se hace evidente que Ponte “no tiene nada que decir”, más allá de espejear un universo de discurso dentro del cual creció intelectualmente y que lo alucina: el imaginario de Orígenes, del Orígenes de Lezama – y curiosamente – el de Eliseo Diego y Cintio Vitier. Es curioso que “éticamente” Ponte se incline por la versión de Orígenes que da Lorenzo García Vega, cuando estética e imaginariamente se haya atrapado dentro del Orígenes no solo de Lezama, sino también del Vitier de la Poética y  sus ensayos de los años 50’, del Eliseo Diego de las narraciones. Estéticamente no vemos herencia de Lorenzo García Vega (ni siquiera de Virgilio Piñera) en el universo imaginario que Ponte recicla. Él esta preso del tipo de prosa (y el universo discursivo) que manejaron Lezama y el Vitier de los años cincuenta, con referencias a Kublai Kan, a Ouroboros, a la serpiente mordiéndose la cola, los gnósticos, el destierro de Zenea, la tradición cubana como ausencia, libro perdido, mito, las últimas palabras en los Paralelos de Lezama, etc.

Si perdemos la perspectiva de que esta colección de Antonio José Ponte no es un texto de crítica sino un texto literario en sí mismo (de literatura bastante disfrutable, por demás, en varios momentos), terminamos otorgándole una autoridad que no reclama ni merece: en este error cae su comentador Gutiérrez Coto. La criminología literaria de Ponte no posee valor como historia de la literatura en cuanto a su visión de lo histórico y de la inserción de lo literario en la historia le faltan los pilares teóricos. Su acopio de fechas y datos como método histórico crítico carece de valor y actualidad teórica, a menos que nos consideremos habitantes de 1810 y discípulos de Andrés Bello. Su interés es literario, es una muestra excelente de cierto tipo de prosa e imaginación en la literatura cubana de los 90s. Debe ser leído como leemos hoy en día un cromito cubano de Manuel de la Cruz o una Estampa de San Cristóbal de Jorge Mañach.



[1] Leal, Rine. "Asumir la totalidad del teatro cubano. Invitación al debate a partir de una reveladora antología". Gaceta de Cuba, septiembre-octubre de 1992. p. 8.

[2] Recuérdese: "En cuanto al proceso denominado 'parametración' (no cumplir con los parámetros establecidos por las resoluciones del Primer Congreso de Educación y Cultura, 1971) tuvo hasta su plasmación jurídica al aprobarse la ley 1267 publicada en la Gaceta Oficial el 12 de mayo de 1974..." Ibidem.

[3] Padura Fuentes, Leonardo. "Tiene la carabina el camarada Ambrosio. Entrevista homenaje a Ambrosio Fornet en su sesenta cumpleaños." Gaceta de Cuba, septiembre-octubre de 1992. p. 6.

[4] Álvarez Bravo, Armando. "Lezama de una vez". Relaciones. Ed. UNEAC, La Habana, 1973. p. 105

[5] "Declaración del Primer Congreso Nacional de Educación y Cultura". Gaceta de Cuba, No. 90-91, marzo-abril, 1971. p. 10.

[6] Díaz, Jesús. "Para una cultura militante". Lecturas de filosofía. Tomo II, Ed. Instituto del Libro, La Habana, 1968. p. 621.

[7] "Declaración del Primer Congreso Nacional de Educación y Cultura". Gaceta de Cuba, No. 90-91, marzo-abril, 1971. p. 10.

[8] Lezama Lima, José. "A Eloisa Lezama Lima". "Como las cartas no llegan". Gaceta de Cuba, mayo-junio de 1994. p. 18. Triana. José (Comp.). Cartas a Eloísa y otra correspondencia. Ed. Verbum, Madrid, 1998. .

[9] Pavón, Luis. "Contra la falsificación de nuestra historia y la adulteración del pensamiento martiano. Discurso de Apertura." Anuario Martiano. Publicado por la Sala Martí, Biblioteca Nacional José Martí La Habana, 1974. p. 284.

[10] Vitier, Cinto. "En Cuba: antes y después". Prosas leves. Ed. Letras Cubanas, La Habana, 1993. pp. 43-44.

[11] Recuérdese la edición preparada por Mons. Boza Masvidal de la doctrina social de la Iglesia contenida en el Magisterio. No la citamos aquí pues extraviamos lamentablemente el ejemplar. Véase además el artículo Domingo Cuadriello, Jorge. "Misión formadora de tres sacerdotes españoles en Cuba durante un año crucial: 1958". Españoles en Cuba. Ed. Renacimiento, Sevilla, 2004. pp. 285-314.

[12] Ponte, Antonio José. El libro perdido de los origenistas. Ed. Renacimiento, Sevilla, 2004. p. 96.


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