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PALABRAS SOBRE "DIARIO DE UN
INTRUSO".
Por Amauri Francisco Gutiérrez Coto (Ciudad de La Habana, 1974)
Lic. en Letras por la Universidad de la Habana
MS. en Comunicación Social por la Universidad Iberoamericana, México
Postgrado Internacional para Profesionales del Español AECI-Madrid
Miembro de la Asociación Hermanos Saíz
La
literatura es una cuestión que trasciende la letra impresa, algo que va más
allá de los lectores y de lo artístico del fenómeno. Hay algo de lo literario
que toca la realidad misma y la verdad de las cosas. La auténtica literatura no
se escribe de espaldas a esta realidad.
El ser
humano posee, como principio antropológico de su ser, una necesidad de búsqueda
y una sed de conocimientos que van más allá de los límites de la razón. Esa necesidad
y esa sed están en la raíz misma de la poesía la cual como modo de conocimiento
nos permite ir delante de la razón hacia una verdad más segura.
Una mirada
atenta de la realidad nos lleva a descubrir constantemente. El hallazgo debería
ser el estado natural de la persona humana. La contemplación es ese espacio en
el tiempo para encontrar y, en la repetición de esos momentos, aparece al
final, inevitablemente, el rostro de Dios. Toda contemplación, si es sincera y
desprejuiciada, nos conduce hacia Él. La contemplación es por tanto un lugar de
encuentro. El olvido de Dios es resultado de esa falta de espacio para mirar
con atención, de la falta de quietud.
Lo
significativo de cierta poesía contemporánea es que se parece quedar en las
afueras de Dios, se sitúa allí para librarse de una apariencia militante y no
sabe que se aleja de su esencia definitiva, de su misterio propio. Es necesario
aclarar que no se pretende aquí defender una poesía religiosa de empeño
didáctico y proselitista, ni se trata de afirmar que Dios es la única
substancia de la poesía. Lo anterior sería una traición a la verdad misma.
Se trata de
comprender la creación del poema como un espacio de conocimiento de la realidad
y como un intento de volverla a crear, de transfigurarla. Un misterioso camino
condujo a Jesús de Nazaret a la oración en el Monte de los Olivos y allí su
realidad corpórea se transfiguró, se volvió más imagen de Dios. Los poetas
juegan, unos más en serio que otros, a repetir esa hazaña no solo con su propio
rostro sino con la realidad misma. La transfiguración es el método por
excelencia de la poesía. Esa transfiguración que no solo modifica lo real sino
que lo vuelve otra cosa diferente aunque no irreal. Esa transfiguración le
permite al poeta crear otra realidad no ficticia sino dignificada con la cual,
a pesar de que él no tenga plena conciencia de ello, se siente satisfecho al
imitar el gesto genésico de Dios, al confirmar que es su imagen y semejanza.
El poeta
dentro de la historia de salvación es alguien que da testimonio de la huella de
Dios a sus semejantes. Tiene en sí ese deseo de verlo todo dignificado. Lleva,
quizás innato, un olfato agudo para percibir la presencia de lo divino. El
poeta es una memoria de la transfiguración y es el recuerdo de la dimensión
contemplativa de lo humano pero, sobre todo, es un testigo de Dios.
El lenguaje
de la poesía contemporánea ha dado un salto en su palabra sobre el Verbo, ha
ido de la metáfora de la esposalidad a la metáfora del cuerpo. Si bien el Cantar
de los cantares y la lírica de los místicos españoles son discursos
artísticos que se expresan desde el matrimonio de los esposos como ideal; en la
actualidad, los poetas asumen una espiritualidad del Corpus Cristi que se
regodea en el misterio de la materialidad renovada de Jesucristo. El Corpus
Cristi, sobre todo a raíz de la reforma protestante, fue privado del
protagonismo y esplendor que una vez tuvo pero adquirió más sentido para una
etapa histórica de un profundo hedonismo social como la que vivimos desde el
inicio de la contracultura de los años sesentas. Se inserta mejor por ello la
metáfora del Corpus en la cultura de hoy que la esponsal la cual hace
referencia a un conjunto de valores que se sienten como lejanos y anticuados
aunque eso no significa que sean así realmente.
El cuerpo,
por tanto, ofrece muchas más posibilidades de diálogo estético que la charla
entrañable de los esposos. Hablar de Dios en la actualidad implica adoptar
también la cultura del cuerpo, para poder dialogar en el lenguaje de estos
tiempos. El cuerpo entendido, claro está, no como espacio para calmar una sed
de erotismo desproporcionado sino como lugar de sacra invitación. Uno de los
retos de la fe es evangelizar la cultura del cuerpo, llenarla de sentido a
partir del contenido cristiano. El cuerpo no es externo a la fe, no es su
enemigo, es su posibilidad de actualización infinita.
En la
poesía cubana, es posible hallar a muchos que participan de estas verdades de
la poesía, se puede hablar de toda una escuela y de un magisterio. Un curso
para poetas como el Délfico de Lezama o la certeza que llevó a Gastón Baquero a
afirmar que "la metáfora más generosa, manuable e inmediata de Dios es
la poesía", a José Lezama Lima a sostener que "el poeta es el
ser causal para la resurrección" (385), a Fina García Marruz a
declarar que "la poesía no es otra cosa que el secreto de la vida"
(436), a Cintio Vitier a testificar que "el poeta es el mártir de
Dios", al presbítero y poeta Ángel Gaztelu a considerar "la
encarnación del Verbo, el más relevante de los hechos históricos"
(498) por todo lo anterior el poeta Octavio Smith nos decía: "nada
tiene que ver la vocación de gloria literaria con la humildad de una
gesticulación que solicita la Gracia"(492). Hay una verdadera escuela
mística en la poesía cubana de la que son continuadores Cleva Solís, con su
dimensión litúrgica, y Roberto Friol, con su profunda cristología, en los
sesentas o Raúl Hernández Novas, con su ausencia de Dios, en los setentas y los
ochentas.
La poesía
de hoy en Cuba no puede andar en las afueras de Dios, se siente por Él
constantemente interpelada. Encontramos un Emilio García Montiel en el que
jamás se esperarían hallar versos como "yo me acomodo en Dios, como mi
mamo en el pomo de la puerta" o, por otro lado, a Damaris Calderón que
sufre al percatarse de que "es una historia triste jugar a ser
perfectos". Del grupo de poetas que una vez se reunió alrededor de las
aulas de la Escuela de Artes y Letras, ninguno ha podido quedarse fuera de
Dios. Más bien nadie quiere quedar fuera.
bravenet.com