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ANTOLOGÍA DE LA POESÍA MARIANA EN CUBA
Por Amauri
Francisco Gutiérrez Coto (Ciudad de La Habana, 1974)
Lic. en Letras
por la Universidad de la Habana
MS. en
Comunicación Social por la Universidad Iberoamericana, México
Postgrado
Internacional para Profesionales del Español AECI-Madrid
Miembro
de la Asociación Hermanos Saíz
Amauri Francisco Gutiérrez Coto o.c.d.
La Habana, 2000
Si bien los rostros del Evangelio varían de una cultura concreta a otra en ese cambio no se da ninguna modificación sustancial del mensaje que él encierra. No es estéril indagar sobre esos rostros que adquiere la Escritura. Esto equivale a conocer la lengua cultural en la que los pueblos comunican su fe. Muchos teólogos se preguntan cómo hablar de Dios en el mundo actual y una de las respuestas a esta interrogante quizás sea aprender a comunicarnos en el lenguaje cultural de nuestro tiempo.
Los primeros evangelizadores de América tuvieron que conocer el idioma de los evangelizados para hacer efectiva su predicación. Hoy a la Nueva Evangelización se le imponen otros retos diferentes de los que se le han presentado a la Iglesia hasta ahora. Se impone un diálogo con el evangelizado que no ignore la cultura cristiana de cada que se ha ido conformando por varios siglos. Falta bastante para que se pueda hablar de una auténtica globalización de las culturas regionales. Pesan todavía lo suficiente los códigos culturales en los hombres que pertenecen a regiones en las que ha cuajado firmemente la identidad.
Antes de seguir es necesario hacer algunas precisiones sobre el término cultura y la manera cómo la entiende el Magisterio de la Iglesia:
“Con la palabra Cultura se indica, en sentido general, todo aquello con lo que el hombre afina y desarrolla sus múltiples cualidades espirituales y corporales; pretende someter a su dominio, por el conocimiento y el trabajo, el orbe mismo de la tierra; hace más humana la vida social, tanto en la familia como en la sociedad civil, mediante el progreso de las costumbres e instituciones; finalmente, en sus obras expresa, comunica y conserva a lo largo de los siglos las grandes experiencias y aspiraciones espirituales para que sirvan de provecho a muchos, más aún a todo el género humano.”[1]
Nos interesa aquí la cultura sobre todo en cuanto expresa y comunica las experiencias y aspiraciones espirituales. El arte como parte la cultura se convierte en una fuente importante para el estudio de la espiritualidad[2]. Esta es una manera también de conocer cómo se ha inculturado el cristianismo en un determinado tipo de hombre que tiene una intención premeditada de comunicar y expresar sus experiencias.
Ya en 1975 S.S. Pablo VI en el documento Evangelii Nuntiandi se preocupaba porque la evangelización penetrara la cultura pero no aparece el término inculturación hasta que Meisson en 1962 lo utiliza para referirse a un hecho a nivel de Iglesia, más tarde lo usan el P. Arrupe en 1977 y el Cardenal Sin en 1977 quienes ya le dan su sentido definitivo.
Estudiar estas fuentes la permite plantearse a los agentes de pastoral nuevas estrategias de comunicar una fe inculturada ya por otros. Este proceso que viene a ser metafóricamente el matrimonio entre la cultura y la fe es la forma mediante la cual la religión se expresa y se incorpora al lenguaje cultural de un pueblo concreto. Sobre el sentido de este proceso reflexiona S.S. Juan Pablo II en su Encíclica Redemptoris missio:
“Por medio de la inculturación la Iglesia encarna el Evangelio en las diversas culturas y, al mismo tiempo, introduce a los pueblos con sus culturas en su misma comunidad; trasmite a las mismas sus propios valores, asumiendo lo que hay de bueno en ellas y renovándolas desde dentro.”[3]
Veamos cómo se ha encarnado en Evangelio en la presencia de la Virgen María y se ha convertido en una parte de la auténtica cultura cristiana[4]. Recordemos que es en la imagen de la Madre de Dios donde:
“...se hace presente la madre y lo que permite unas relaciones humanas de cercanía, de visualización, y de contacto estrictamente interpersonal ‘individualizado’.”[5]
La insularidad geográfica, junto otras muchas causas, ha propiciado, en el caso específico de Cuba, una cultura que se mantiene en constante diálogo con pueblos de diversa procedencia. Lo que sí es innegable es que, desde el encuentro entre los americanos y los europeos en 1492 hasta la fecha, el componente cristiano ha tenido un lugar protagónico.
La Virgen María ha sido una de las claves de la evangelización en las tierras americanas y se ha presentado bajo los más diversos rostros. Ella es una de las piedras angulares de la espiritualidad cristiana por ello no debe extrañarnos que ocupe un lugar privilegiado en la evangelización y en la cultura.
La literatura como manifestación artística en Cuba es una de las más robustas de toda Latinoamérica y de ella el género lírico es quizás el mayor importancia dentro su historia. Cabría preguntarse entonces cómo han comunicado los poetas cubanos la presencia de la Virgen, hasta dónde se puede hablar de un rostro mariano en esta cultura nacional y, finalmente, si es posible hablar de una manera propia de comunicar el rostro de ella en la poesía.
De lo que sí podemos estar seguros es de que Cuba es un lugar de un fuerte arraigo mariano y este punto es central para hablar de una espiritualidad católica en el país. Aquí nos vamos a limitar a delinear los rostros de la Virgen en la poesía, ver si estas maneras de expresar lo mariano se corresponden con las propias de Latinoamérica y, por último, observar hasta dónde la lírica ha podido reexpresar el rostro de María.
En los estudios sobre mariología en Latinoamérica se señalan, al menos, tres tipos fundamentales de rostros de la Virgen: la Conquistadora, la Madre de los oprimidos y la Libertadora[6]. Esta taxonomía aparece relacionada con determinadas circunstancias de la historia de los pueblos. En el caso específico de Cuba, por estar desfasadas sus contiendas independentistas con respecto al resto del Continente los rostros de María no se corresponden exactamente con los que han delimitado aquellos que se dedican al tema.
Desde la llegada de los europeos cristianos al Nuevo Mundo aparecieron las devociones marianas. Recordemos que José Martín Félix de Arrate en su Llave del Nuevo Mundo o Antemural de las Indias Occidentales subraya la importancia del culto a la Virgen desde fechas muy cercanas al encuentro entre las dos culturas:
“...siendo blasón característico, que ha dado el cielo a los de esta Isla la tierna devoción con María Santísima, pues apenas hay corazón en ella que no le sirva de templo ni templo en que no le hayan erigido multiplicados altares los corazones de los vecinos y naturales de este país todo mariano.”[7]
Ese elemento todo mariano como dice Arrate llega a ser una adjetivo de nuestro país. Ya en el Espejo de Paciencia de Silvestre de Balboa aparece de una manera muy clara la devoción a la Virgen:
“Con esta majestad y este aparato
entró Gregorio Ramos en la villa,
dando lugar a un súbito arrebato
de contento placer y maravilla:
y por ser al Señor en todo grato
fue al templo de la Virgen sin mancilla
y dio las gracias a la madre e hijo
de la nueva victoria y regocijo.”[8]
Este poema es aceptada generalmente como épico pero hemos querido iniciar con él no solo porque es la obra que inicia nuestra historia literaria, nos interesa sobre todo por esa forma de nominación de María como Virgen sin mancilla. Será acaso este verso una reminiscencia de alguna culto preferencial a la advocación misterio de la Inmaculada Concepción de María por esta época[9].
Señora: a las palabras del ángel,
que siguen fluyendo eternas de los labios de polvo,
respondiste con un cántico fuerte:
El ha hecho tina proeza con su brazo,
ha dispersado a los soberbios de corazón...
Ah, pero la noche del parto para ti no había lugar
en «el albergue público», que era de pobres...
Ha derribado a los poderosos de su trono
y ha ensalzado a los humildes...
bajo el imperio de César Augusto y de Cirino,
gobernador de Siria...
Ha colmado de bienes a los hambrientos
y vacíos ha despedido a los ricos...
y más tarde los ricos
levantaron tu imagen coloreada como un estandarte
para pelear sus guerras.
Cierto que hubo pastores y discípulos, pero tú ante el pueblo
quedaste en la piedra, en el lienzo, en el vitral,
desde allí derramando el iris de tu gracia que ninguna artería pudiera detener...
Porque dirigió su mirada a la pequeñez de su, sierva...
como no puede el fango detener a la fuente
cuando brota incontenible de lo profundo de la tierra.
Señora: tú seguirás fluyendo de lo profundo de tu corazón,
no importa con qué nombres...
Pues cosas grandes ha hecho en mí... santo es su Nombre
aunque desaparezcan todas tus imágenes,
para que se cumplan las palabras de Juan el desértico:
“en medio de vosotros está uno a quien vosotros no conocéis”,
y las palabras de Juan el visionario:
“vino a su casa y los suyos no lo recibieron”.
No lo recibieron, pero vino; no lo conocen pero está,
como están siempre frescas las palabras de tu cántico...
Enaltece mi alma al Señor
y regocíjase mi espíritu...
en la cruz de la vida.
10 de diciembre de 1970.
Tomado de Cintio Vitier. Al pie de la flecha. Colección Contemporáneos. Ediciones Unión. La Habana. 1981. p.62 y 63.
Materia, madre, mar, María,
nombres que vienen del origen
llenando el sabor y el sentido
de un mismo jugo en sus raíces.
Materia que es la madre pura
tendida a parir lo que existe,
místico ensueño de inocencia
recogiendo las formas vírgenes.
Mar hecho del agua del caos
y del esplendor de los límites,
regazo amargo de María
para el que nos hizo partícipes.
Lávenos bramando la mar
como una madre al hijo triste,
y en el seno de la materia
María matinal nos guíe.
Tomado de Cintio Vitier. Testimonios. Colección Contemporáneos. Ediciones Unión. La Habana. 1968. p.33 de 312.
Deípara, paridora de Dios. Suave
la giba del engañado para ver
tuvo que aislar el trigo del ave,
el ave de la flor, no ser del querer.
El molino, Deípara, sea el que acabe
la malacrianza del ser que es el romper.
Retuércese la sombra, nadie alabe
la fealdad, la giba o millón de su poder.
Oye: tú no quieres crear sin medida.
Inmóvil, dormida y despertada, oíste
espiga y sistro, el ángel que sonaba,
La nieve en el bosque extendida.
Eternidad en el costado sentiste
pues dormías la estrella que gritaba.
Mais tes mains (dit l’ange á Marie)
sont merveilleusement bénies. Je suis
le jour, je suis la rosée; mais toi,
tu est l’Arbre.
Rainer M. Rilke. Vie de Marie.
Sin romper el sello de semejanza,
como en el hueco de la torre nube
se cruza con la bienaventuranza.
Oh fiel y sueño de cristal que pule
su rocío o el árbol de confianza,
reverso del Descreído pues si sube
su escala es caracol o maladanza,
pira gimiendo, palabra que huye.
Para caer de tu corona alzada
los ángeles permanecen o se esconden,
ya que tú oíste a la luz causada
por el cordero que la luz descorre
para ofrecer lo blanco a la nevada
para extender la nieve que recorre.
Cautivo enredo ronda tu costado,
pluma nevada hiriendo la garganta.
Breve trono y su instante destronado
tiemblan al silbo si suave se levanta.
Más que sombra, que infante desvelado,
la armadura del cielo que nos canta
su aria sin sonido, su son deslavazado
maraña ilusa contra el viento anda.
Lento se cae el paredón del sueño;
Dulce costumbre de este incierto paso;
Grita y se destruye sus escalas.
Ya el viento navega a nuevo vaso
y sombras buscan deseado el dueño.
¿Y si al morir no nos acuden alas?
Pero si acudirás; allí te veo,
ola tras ola, manto dominado,
que viene a invitarme a lo que creo:
mi Paraíso y tu Verbo, el encarnado.
En ramas de cerezo buen recreo,
o en cestillos de mimbre gobernado;
en tan despierto tránsito lo feo
se irá tornando en rostro del Amado.
El alfiler se bañará en la rosa,
sueño será el aroma y su sentido,
hastío el aire que al jinete mueve.
El árbol bajará dicción hermosa,
la muerte dejará de ser sonido.
Tu sombra hará la eternidad más breve.
Tomado de José Lezama Lima. Poesía Completa, Editorial Letras Cubanas, La Habana 1985. pp.
Harpada de rocíos la alborada,
granizando las flores descendía:
la azucena su nieve suspiraba,
quebrándose en perfume y melodía.
Surtidor de la gracia te soñaba
y en espiga de luz te sonreía;
se vio tan pura el agua, que cantaba
y tu nombre en sus halos desleía.
Olvidando la tierra por tu huella
su gravedad y sombra sin consuelo,
sintió de nuevo renacer estrella;
y rompiendo de la tiniebla el velo,
a través de tu puerta franca y bella,
se vio provincia y estación de cielo.
Tu frente de alumbrarnos nunca cesa,
absorta el alba en tu candor reposa:
nieve y espejo la azucena ilesa
copia tu hechizo y agua melodiosa.
Como la luz que en el trigal se espesa
granándose en la espiga rumorosa:
como el alba del día y su promesa
mansamente doblándose en la rosa.
Vuelcas la plenitud de tu rocío
al aire de tu clara primavera.
Gracias por el celeste señorío
de tu rostro invadiendo la rivera
de nuestra sombra, como áureo río
de la luz invadiendo la vidriera.
Era el silencio por la noche plena
al filo del feliz alumbramiento,
como rabel que de afinado suena
al menor y sutil tacto del viento.
Velaba su rocío la Azucena
pensando en su cogollo el firmamento;
y a su peso la nieve, ya serena,
doblaba su candor y cielo atento.
Destellando extremadamente bella,
asombra la esfera en manso vuelo
caía al suelo la mejor estrella.
Resuelto en lenguas de alta plata el hielo,
era rabel de amor por la Doncella,
que adormecía en su regazo al cielo.
Tomado de Ángel Gaztelu. Gradual de laudes. Colección La rueda dentada. Ediciones Unión. La Habana. 1997. pp.101-103 de 126.
Azucena: tu candor
nieva el nombre de María,
clara alba, puerta del día,
fuente de gracia y olor
que ordena al hombre el amor.
En el huerto del cantar
viste al Amado gozar,
recreándose en tu aroma,
cuando empezó la paloma
con la flor a despuntar.
Tomado de Ángel Gaztelu. Gradual de laudes. Colección La rueda dentada. Ediciones Unión. La Habana. 1997. p.17 de 126.
Después que del Arcángel
fue visitada
la sierva del Señor
miró la escala
del sonido ascendiendo,
los intervalos
subir, toda caída
recuperando.
“Magnifica mi alma
al Señor...” canto
subiendo como el humo
del fuego tanto.
La voz entró en la escala,
música sabe.
Pudo empezar el canto
porque era ave.
¡La escala que dormida
viera colgando
de los aires, Jacob
del sueño mago!
¡La escala que en Babel
fue confundida
la que fue antes de Pedro,
la piedra egipcia!
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